INTIMIDADES COMPARTIDAS
Wednesday, July 22, 2009
No sé bien en qué momento lo descubrí. Las primeras veces, de hecho, fue una cosa relativamente inconsciente y que no disfruté plenamente. No sé, pero supongo que uno tiene que estar absolutamente concentrado para sacarle todo el provecho posible, porque de lo contrario se puede caer en los movimientos rutinarios y pasar por alto completamente la experiencia. Claro, habría que sufrir una enfermedad mental, creo yo, para pasar por alto una experiencia semejante. Yo no pienso que yo sufra de algo similar. Una vez le confesé a un padre mi pasión, y me dijo que era un loco y que debía visitar un psicólogo. Yo, por supuesto, jamás seguí su consejo. No podía dejarme guiar por alguien que no hace siquiera un esfuerzo mínimo por entender lo que hago. Todas las personas tienen sus particularidades, y esta es la mía.
Estoy tan loco como cualquier otro ser, que sale de su casa por la mañana y en la noche vuelve a su hogar, donde sus hijos, y aparenta tener una vida normal. Todos tenemos secretos: algunos oscuros que nos avergüenzan frente a los demás, que nos hacen bajar la cabeza en silencio en una reunión sin que nadie se percate; otros, que no necesariamente son aceptados como logros por la sociedad, nos hacen sentir orgullosos y ante las referencias de aquellos que no saben nos hacen sonreír en el interior. El mío, por aberrado que pueda parecer, es del segundo tipo. No me arrepiento de uno solo de mis actos. Quizá de uno, el que encontré en la calle aquel año nuevo en condiciones deplorables y que aún meses después me hizo sentir asco con solo recordar. Sin embargo, es un caso que le puedo achacar al alcohol. Soy bastante pulcro y generalmente puedo resistir cualquier tentación si de por medio se encuentra la salud, la higiene. Podrá sonar contradictorio pero soy así, meticuloso con el orden y la limpieza. Aún con mi pasión, tomo todas las precauciones necesarias. Todas las que me son posibles, en todo caso. Evidentemente se corre un riesgo, y eso no lo puedo negar. Es por eso que me gusta conocer a la persona. Prefiero abstenerme por un tiempo para estar seguro de que lo voy a disfrutar. En ocasiones, incluso, he dejado escapar la situación ideal sencillamente porque siento que algo no anda bien, y curiosamente, lo único que eso causa en mi es una mayor satisfacción a la hora de llevar a cabo mi labor. Es hermoso cuando todo sale bien, cuando el acto es la encarnación de meses y meses de trabajo. De seguir cuidadosamente una persona hasta conocerla perfectamente.
Siempre, en el instante mismo, siento que podría asumir por completo su personalidad. Me siento casi, en su propio ser. Por un pequeño instante salgo de mí, de mi realidad. Cierro los ojos como si fuera alguien más, y puedo ver mi vida entera desde los ojos de la persona. Todo cobra sentido. Puedo hacer sus propios juicios de valor, puedo entender por qué en una ocasión no me quiso hablar, o por qué cuando bebe mucho alcohol actúa así. Siento como propias todas las hipocresías, y entonces, me justifico aún más. En ese momento me encanta estar ahí, consumando mi pasión, en contra de todo principio válido de la sociedad. No lo considero un crimen porque tampoco ellos me pueden juzgar a mí. Conozco perfectamente hasta lo más profundo de su ser. Ninguna explicación es necesaria, todo sobra. Me encuentro ante el mundo, desnudo como alguien más. Frente a un espejo. Me puedo ver con otros ojos.
Con miles. Setecientos diez, para ser preciso, desde que empecé sistemáticamente mi labor hace once años. Entonces era solo un joven rebelde que iba en contra de la sociedad, pero poco a poco pude darle cuerpo a mi labor. Encontré un sentido para todo, y perfeccioné mi técnica. Diría, ahora, que soy todo un profesional. Entonces era un aficionado buscando una manera de expresar mi descontento con el mundo. Ahora, sé perfectamente lo que soy. Varias veces he estado frente a mí. Me he podido juzgar yo mismo desde toda clase de personalidades. Desde toda clase de ópticas y su respectiva moral. Una vez, incluso, desde la inmaculada personalidad de un bebé. No lo disfruté tanto, tengo que aceptar. Jamás lo volví a hacer, no porque me sintiera culpable o me remordiera la consciencia (que siempre me acompaña en mis actos secretos), sino porque no me hizo crecer. Con cada una de mis experiencias, porque eso son, crece mi fuerza interior. Cada vez soy más fuerte, y mejor preparado para afrontar la adversidad.
De cada persona me llevo un pedazo de intimidad que me fortalece a la hora de enfrentar a cualquier otro ser. De hecho, de cada ocasión guardo un recuerdo: una fotografía que saco en el lugar. Si es posible, en el acto, pero en los pocos casos en los que no lo he logrado, me ha sido necesario volver. Dicen que todo criminal vuelve a la escena, pero no es así. Solamente cuando hay algo que no puede recordar. Algo que le es fundamental para poder continuar. Por lo menos yo soy así, aunque no me considero criminal. Creo que jamás he causado un daño irreparable a la sociedad. Ni siguiera si mis acciones son tenidas en cuenta en conjunto se podría decir algo así. Algunos podrían catalogar la obra completa como reflejo de la estupidez humana, pero seguramente serían aquellos que no se molestarían en intentar entender. Como el cura al que le confesé, y como muchos otros por cuya moral he pasado ya. Realmente puedo decir que son varias las personas de las que he abusado que no tienen la menor transigencia para afrontar la vida. Lo que piensan, es la verdad. Lo que cambia realmente de una persona a otra es lo que definen como verdad. En eso sí no coinciden todos. Hay una gran mayoría que sí, pero es sencillamente porque no se preocupan por pensar. Otros, que piensan, tienen una visión muy radical. Estos siempre tienen juicios de valor tan fuertes que no solo los llevarán a desaprobar lo que haga alguien más, sino que además están dispuestos a castigar. Hay, finalmente, un número limitado de personas que, no solo piensan, sino que además están dispuestas a aceptar otra verdad. Estas personas son, contrario a lo que uno puede imaginar, mediocres y conformistas, aunque pueden pasar por ser conciliadoras y de cierta habilidad mental. Usualmente piensan que por entender a sus congéneres dejan de lado su propia voluntad, pero en realidad es a partir de convicción que se puede transformar la realidad. Estas personas, no son así. Jamás transforman la realidad. Yo, a pesar de los muchos actos meditados que he llevado a cabo, tampoco la he transformado. Por lo menos no aún. Cada vez entiendo mejor mi papel en mi ciudad. En mi país y en mi planeta. Eso me da una mayor responsabilidad, y también le da un sentido a largo plazo a mis actos. No son una secuencia al azar de caprichos que se pierden en la eternidad.
Lo que hago, bueno, puede ser considerado algo particular. No me da vergüenza reconocerlo: yo, en la total clandestinidad de la intimidad, me lavo los dientes con los cepillos de los demás. Entro a los baños y utilizo cepillos ajenos. Desnudo y frente al espejo, uso la cantidad apropiada de crema dental. Unas veces, según la personalidad, con cuidado de no afectar la manera tubular como sale del empaque. Otras, poco frecuentes, lo hago con rapidez para dejar solamente una capa plana sobre las cerdas. Unas veces en el centro y otras veces que cubran la totalidad. Aproximadamente dos terceras partes de las experiencias paso por el agua el cepillo antes de introducirlo en mi cavidad bucal. Siempre, sin excepción, tengo el cuidado de inclinar la cabeza para lograr mayor profundidad. En ocasiones empiezo por mi lado derecho y en otras por el izquierdo. Me da mucho trabajo cuando la persona es zurda y debo realizar mi labor completa con la diestra sobre el lavamanos o sobre mi cadera, pero tuve la fortuna de no dar con una víctima zurda hasta haber perfeccionado mis técnicas, al punto de saber escribir perfectamente con las dos manos antes de llevar a cabo mi labor. A pesar de mi cautela, sin embargo, estuve cerca una vez de ser descubierto recién acabada la acción. En la casa de una novia, tuve la oportunidad de entrar sin levantar sospechas al baño de los papás. Mi labor fue, como siempre, impecable, salvo porque no me fue posible secar plenamente el cepillo antes de salir. El padre, que llegó justo unos minutos después, entró directo a realizar la misma labor que había hecho unos minutos antes yo, con el mismo adminículo. Naturalmente se encontraba mojado. Fue una de las primeras veces, de manera que no tuve la precaución de tomar nota mental sobre la posición del cepillo antes de empezar. Equivocadamente lo dirigí al vaso donde se encontraban los demás, sin pensar que estaba milimétricamente puesto junto a la máquina de afeitar.
- ¡Negra!- gritó el papá,- ¿cuántas veces le tengo que decir que no use mi cepillo de dientes? ¡Que asco! ¿Dónde hay más?
- ¡Ay, Topo, no moleste! ¿Qué voy a haber usado su cepillo yo? Eso fue que quedó mojado desde la mañana.
- No. Recuerdo perfectamente-con énfasis especial en perfectamente- haber sacado un cepillo nuevo hoy, después- nuevamente con énfasis- de haberme lavado los dientes. Además estoy seguro que lo dejé junto a mi máquina de afeitar, y está en el vaso con todos los que tiene usté.
- Ay, pues yo no sé quién diablos lo habrá usado, pero no fui yo. El último que entró a ese baño fue Jairo Andrés, pregúntele a él a ver si fue.
Sudé frío en esa ocasión. Estuve a punto de dejar mi labor, casi sin saber por qué. Afortunadamente refiné mis técnicas, y después jamás tuve un problema similar, y de momento vivo una vida plena y feliz, y sonrío cada vez que veo pasar algún ser cuyo cepillo ha pasado por mí.
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Técnicas de negociación
Tuesday, September 20, 2005
1.
- Sus sospechas son ciertas,- dijo el detective mientras lanzaba un sobre de manila sobre el escritorio- su esposa tiene un romance.
Para Aníbal no era ninguna sorpresa. Eso lo sabía desde que ella había dejado un cenicero lleno de colillas junto a su mesa de noche. Era su manera de decírselo. Ese fue el principio. Después de eso fueron los mensajes de celular con voces masculinas en el fondo, resonando con el jazz. Esa música que él no soportaba y que representaba la gran zanja que siempre había existido entre los dos.
Ella siempre había utilizado el simbolismo, y aunque durante los años que había durado la relación la comunicación había sido muy literal y explícita, él tenía muy claro que ella no iba a desaprovechar esa oportunidad para volver a sus días de soltera. Ahora peleaba con todas sus armas, y no había marcha atrás.
El detective era un sujeto gordo y desagradable. Aunque a primera vista podía parecer el protagonista de cualquier novela negra, al detallar un poco su estilo era evidente que jamás un tipo de su calaña lograría entrar en una historia medianamente interesante. Él vivía del despecho ajeno. De las desgracias conyugales de otras personas. Casos simples, y en su mayoría, resueltos. Cuando una persona duda de la fidelidad de su pareja, la mitad del trabajo estaba hecho. La mayoría de las veces era cuestión de tiempo. Él, incluso, acostumbraba demorar más la última reunión con la justificación de querer presentar el caso lo más detallado posible, pero en realidad era sólo un argumento para quedarse en su casa y ver los partidos de fútbol de la Liga de Campeones.
- ¿Quiere que la siga observando?
- No. Ella no es lo que me importa. Quiero saberlo todo sobre él. Dónde vive, dónde come, dónde trabaja, qué bares frecuenta y qué tipo de personas tiene a su alrededor aparte de mi esposa.
- No es ningún problema,-dijo el detective- pero usted entenderá que mi trabajo lo he cumplido a cabalidad. Lo que usted propone ahora es un trabajo nuevo y requiere más dedicación. Incluso tendría que abandonar otros clientes para aceptar su oferta, usted entiende...
- ¿Cuánto serían sus honorarios?
- Tendría que calcular...
- ¿Un estimado?
- Serían, por lo menos, el doble de lo que le costó éste trabajo. Usted entiende, el tipo es elegante y tendría que pagar ciertos peajes para entrar a los sitios que frecuenta. También tendría que comprar ropa nueva, porque aunque yo tengo...
- Le doy tres al mes, más reembolso de todo lo que considere fundamental para el caso.
- Uy, patrón, es que ahí sí me jode. Dejémoslo en 3 y medio.
- Está bien- concluyó Aníbal. Los dos se estrecharon las manos con el placer de sentir que habían estafado a su contraparte.
2.
- Siga. siéntese, por favor.
- Gracias.
- Soy Aníbal, mucho gusto.
- Mucho gusto.
- Gloria, ¿le explicó de qué se trataba todo?
- Dijo que no sabía nada. Yo le recordé que estaba incapacitada, y ella me respondió que justamente por eso me quería usted. Dijo que tenía una oferta que yo no iba a poder rechazar, pero no dijo cuál.
- Medicamentos para usted y para su hijo hasta que mueran.
- ¿Qué? ¿Cómo hará eso? Con el debido respeto, no parece usted un tipo con tanta plata como para cubrir esos gastos.
- Trabajo en una EPS. Puedo meter su caso sin que tenga problemas de preexistencias.
Largo silencio. En el rostro de la mujer se podían ver a la vez marcas inconfundibles de alegría y angustia.
- ¿Qué tengo que hacer?- preguntó finalmente, limpiándose las lágrimas, intentando hablar con dignidad. Aníbal le alcanzó un sobre de manila y le explicó.
- ¿Quiere algo más?
- ¿Por qué lo hace?
- Usted, menos que nadie, me puede cuestionar.
- Precisamente por eso es que lo puedo cuestionar.
- ¿Quiere el trabajo, o no?
- Lo uno no depende de lo otro.
- Puede que sí. El mundo está lleno de gente como usted.
- No crea eso. No es fácil encontrar una mujer como yo. Pregúntele a doña Gloria. Yo soy la mejor, y no creo que usté se quiera poner a experimentar.
- Discúlpeme. No quise ser grosero. La verdad es que no sé bien por qué lo hago.
- Eso es diferente. No empezaré hasta que empecemos a recibir atención.
- Bien, me parece bien. ¿Quiere algo más?- dijo Aníbal mientras hacía un gesto al mesero que pasaba por la mesa.
- Un jugo de mandarina, y la cuenta, por favor.
La mujer se rehusó a dejar que Aníbal pagara la cuenta. Una vez bebió el jugo, pagó lo que ella había pedido y se fue. Aníbal quedó atrás.
3.
Magdalena jamás lloró tanto en su vida como el día que descubrió entre una caja de Aníbal las dos fotos acompañadas de los dos papeles. Nadie la conocía mejor que él, y sabía perfectamente lo que esos documentos le iban a hacer. Una de las fotos era de ella con su amante. La otra era de su amante con otra mujer. Ella jamás la había visto, y le tomó algo de tiempo entender. Uno de los papeles decía que una tal Ana María era positiva al VIH. La otra, que Aníbal, su esposo, también.
4.
Aníbal jamás se equivocó. Una cosa es la persona que una mujer escoge para vivir un romance, y otra muy diferente, para morir.
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GUÍA DE ACTIVIDADES PARA PROPIETARIOS DE CARROS EN LOS PATIOS
Friday, July 22, 2005
Actividades para un Sábado festivo en Bogotá
No es bueno ser enfermizo en época de lluvias en Bogotá. La variabilidad del clima baja las defensas y uno acaba haciendo planes que no involucren alcohol, en zonas despobladas donde uno no está bajo el amparo de los más selectos criminales bajo el sueldo de, “cualquier monedita que el patrón me quiera dar, está bien”. Yo, como cualquier otro agripado bogotano, además de flemas, había dispuesto la noche de manera tal que no se frecuentara lugar alguno en el que los vicios saturaran el ambiente. Frente a la casa de la novia de Tomás dejé mi auto, no sin antes tener una muy clara y satisfactoria respuesta a mi pregunta, ¿acá no le pasa nada al carro, cierto? Minutos después, tras estar completamente cómodo en un sofá, entre una cobija y lidiando con mi gripa, suena el timbre. Como no esperábamos a nadie, el sonido irrumpió en el apartamento con sorpresa. El mismo celador que había interrumpido su conversación telefónica a mi llegada (más no la comunicación, ya que sencillamente había dejado el auricular sobre la mesa mientras abría la puerta), me informaba de manera diligente que una grúa se había llevado mi carro.
- Serían los ladrones, porque el carro estaba bien parqueado.
- No señor, la grúa. Vino la policía y todo.
- Y, ¿a usté no se le ocurrió avisar antes?- repuso Paloma con la gentileza que caracteriza en éstas situaciones a las mujeres payanesas.
- Pues la verdad es que yo me di cuenta tarde, señorita.- se defendió el señor vigilante haciendo evidente toda su culpa en los varios pliegues de origami que le hacía a su sombrerito.
Abajo, los mismos jóvenes que habíamos saludado antes de entrar al edificio, amablemente confirmaron la historia. Una grúa, de esas de la policía, se había llevado el carro en el que llegamos. El mismo del que ellos me habían visto bajar haciendo la pregunta, ¿acá no le pasa nada al carro, cierto? En esos momentos es inevitable sentir todo el implacable peso de la Justicia. No la justicia colombiana, naturalmente, pusilánime y corrupta, sino de la Justicia de la vida, cuya mayor pena era sin duda alguna someterme a las torturas del aparato judicial colombiano.
- Mire joven,- decía un recién conocido con acento paisa- eso le toca que pelear. Yo, hace como seis meses hice que me quitaran un comparendo igualitico, acá. También se me llevaron el carro a los patios, y me tocó tomar fotos y todo para demostrar que aquí era permitido Mi interlocutor claramente había malinterpretado mi pregunta. El “¿ahora qué me toca hacer?”, que yo acababa de pronunciar no tenía intenciones de sentar un precedente sobre las equivocaciones del Estado colombiano. En esas se acerca el celador del edificio vecino y de la manera más inocente interviene:
- Yo sí vi que se lo estaban llevando.
- Y, ¿por qué no dijo nada, compadre?
- Ah, no, pues eso sí. Como yo estoy aquí, y el celador de ustedes está allá-respondió en un tono que sugería la pregunta. Ante un argumento tan contundente, no tiene uno más remedio que exhalar y recapitular muy detalladamente todos los eventos pasados en los que uno pudo haber vulnerado a alguien para entender, así sea de manera teológica, la razón por la que le pasa a uno eso. Minutos después me informaba una funcionaria pública por celular, que empezaba a dar muestras de agonía, que mi transporte se dirigía a la cárcel del automóvil. Maldije, entonces, la decisión de haber salido en ese medio de transporte y no en un equinopropulsado, ya que parecen estar exentos de cumplir con las normas ciudadanas.
- ¿A qué Patio es que me dicen que llevan mi carro?
- Al de Álamos, señor.
- Ah, ya. Y, ¿no había uno que quedara más lejos?
- Señor, a ese se llevan todos los vehículos particulares.
- Disculpe, señorita.
- ¿Dígame, señor?
- ¿Ustedes le hacen exámenes de alcoholemia a sus agentes de policía?
- No señor- respondió ella, no sin dejar salir una pizca de indignación.
En apenas unos minutos mi inventario de vehículos a los que no aplican las normas de tránsito había incrementado en un 100%. A pesar de que la estrategia ganadora parecía ser la de optar por alguna de estas categorías de transporte, me resultaba difícil pensar en la cara de una mujer a quien buscan en carruaje o en grúa para ir a cine. Definitivamente se corría el riesgo de no optar por una solución evolutivamente eficiente, pero de alguna manera impediría que nuevamente me encontrara en una situación similar. Lo que sí podía asegurar a ciencia cierta era que esa no era una preocupación acorde con lo que la situación demandaba. Minutos más tarde me encontré ante un ser que me proponía un trato casi tan tentador como las sospechas que despertaba su oscura personalidad: si él firmaba el inventario que me habían de entregar en los patios, yo no tendría que hacer ninguna de las molestas filas de madrugada en los próximos dos días, y él me entregaría mi auto en horario de oficina el lunes siguiente.
- No, hermano, lo que pasa es que la tarjeta de propiedad está entre el carro, y no me dejan entrar.
- ¡Uy! Hermano, ahí sí grave. Lo que tiene es que pasarle un billetico ahí al guarda, para la gaseosita y un pancito, y el man lo deja entrar.
Y en ese momento pensé en la historia de las ratas que son iguales, salvo por que unas poseen un cromosoma más que las otras, y las que tienen el cromosoma extra saben nadar mientras que las otras se ahogan en el agua. Tomás respondió con su característico movimiento de cabeza mirando al piso a mi pregunta de si sería capaz de sobornar al tipo de la entrada. La pregunta que debí hacer, realmente, era si le gustaría ser capaz de sobornar al tipo de la entrada. Yo, al igual que las pobres ratas desprovistas del gen que les garantizaba la supervivencia acuática, hice tres recorridos directos hacia la puerta con la idea en mente sin ser capaz de sacar de mi ajuar de comportamientos más que una estúpida sonrisa que parecía reafirmar la decisión del celador.
- Mire, señor, las únicas personas que pueden autorizar la entrada aquí están reunidas allá en esa oficina. Si gusta esperar hasta que acabe la reunión, puede hablar con ellos a ver si le dan el permiso. Yo, la verdad, es que no puedo hacer nada.
Lo realmente asombroso era la diferencia de competencias entre el celador que me separaba de mi auto, y su colega encargado horas antes de separar agentes de tránsito y demás personajes peligrosos de mi carro. La oficina no ofrecía mayor panorama que una luz intensa brotando por la única ventana. Ni sombras, ni voces, ni personas. Solo una ventana iluminada.
- ¿El señor está acá por abandono de vehículo?- preguntó una de las muchas personas que se acercan a hablar con uno en una noche de estas.
- No, por mal parqueo.
- Por eso, es lo mismo. Es que así se llama oficialmente.
- ¿Eso significa que, si yo dejo el carro mal parqueado, pero con el radio prendido, los agentes consideran que no está oficialmente abandonado y no se lo llevan?
- ¡Ay, no, claro que no!
Debí imaginarlo: Las confusiones nunca nos beneficiosas para el ciudadano. Los policías se pueden llevar mi carro porque está junto a un prohibido parquear dibujado a mano en una puerta del garaje de mi amiga, pero no pueden confundir un carro abandonado con uno en stand by. Llegué a mi casa, varias horas más tarde y un poco más enfermo, con las mismas llaves que había dejado una semana antes al ir a recoger el carro en un centro comercial. Sin llaves, no anda el carro. Sin carro, no hay razón de ser para las llaves. La culpa de todo aún está en disputa: A. en un lugar privilegiado, el cancerbero que no consideró oportuno informarme del inconveniente hasta tanto no hubo despachado la grúa hacia los patios. Inclusive, es probable que dada su naturaleza haya colaborado en el aparatoso proceso de subir el coche a la plataforma. Su culpa sería, naturalmente, haber accedido a cuidar el carro sin saber identificar plenamente los elementos peligrosos para éste. B. Cristóbal Colón y Gonzalo Jiménez de Quesada. C. Yo, por disponer de vehículos a los que se aplican las normas de tránsito. D. Dumpa, ya que fue suya la idea de empujar por las escaleras al viejito, acto que sin duda alguna es causa directa del certero dictamen de la justicia de la vida.
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YO, NERO
Yo sé que usté no me lo cree, pero Dios creo al hombre de puro y físico desparche. De puro desocupado. Imagínese uno en esa falta de plan, después de haberse inventado cuanta vaina. ¡No señor! Dios se echó a pensar, y como para matar el tiempo hizo al hombre y se puso a ver qué pasaba, como quien se tira en un sofá a ver televisión. Claro, me imagino que usté está pensando que éste ñero qué va a tener televisión, ¿no? Pues claro que tengo, y me encanta. Yo los domingos, no trabajo. No porque sea el día de Dios, sino porque es el día que tiene la mejor programación. A mi me fascina pegarme un cacho y fumármelo mientras veo los dibujitos animados. Es que eso si es pura realidad, no como las sandeces esas que pasan entre semana. Por eso es que este país está como está. Si en vez de pasar tanta pelotada pasaran cosas buenas, como las de los domingos por la mañana. Yo sí me pego la madrugada cada ocho días, sagrada. Pero lo peor de todo es que yo sé que usted no está pensando en la programación del domingo ni la de entre semana. Usté se quedó pensando en la marihuana. Claro, porque como tengo estas ropas, entonces no puedo decir nada relacionado con las drogas porque la gente se escandaliza, ¿cierto? Pero si fuera una persona con una pinta rara y con carro caro entonces sería sofisticado. Y ni siquiera es porque los ricos fumen a escondidas, porque en este país ya nada se hace a escondidas. Ya ni se usa la doble moral, sino que todo el mundo hace las cosas de frente. Y la gente fuma, y nadie dice nada. Toda la ciudad fuma: los ricos, y los pobres. La única diferencia es que los ricos fuman de la mala, pero que fuman, fuman. La ciudad fuma, y como entre semana no pasan dibujitos, pues por eso es que se quema. Por eso es que yo no veo novelas. Yo, entre semana, me quedo en esta esquina cantando. No sé cantar, pero prefiero eso que ver telenovelas. Casi cualquier cosa es mejor que ver telenovelas. Sería peor ser presidente, tener bigote y ver telenovelas. Peor, ser todo eso, y además vivir como en una telenovela. Y bueno, siempre las cosas pueden ser peor, pero la idea no es rayar en los límites de lo absurdo, ¿cierto? Mejor sigamos con las cosas que valen la pena, como los dibujitos. Es que esos dibujitos son increíbles porque muestran el mundo como es. Todo el mundo es la misma mierda, con la única diferencia de que se visten diferente. Acá, bueno, yo me visto así pero porque vivo en la calle, pero la gente si se viste de una manera muy particular. En esta ciudad, por ejemplo, la gente usa mucho el azul Mire, hasta yo uso azul y soy de la calle. Es que la calle es como una pasarela, pero elegante. Porque esas pasarelas que pasan por televisión entre semana si son pésimas, ¿sabe por qué? Porque hacen muy poquitos ejemplares de cada cosa y entonces la gente no puede usar las cosas que ve. Por eso es que los dibujitos son buenos, porque muestran cómo se viste la gente en otros lugares del mundo. Bueno, no solo por eso, ¿no? También tienen otras cosas buenas, y pues claro, comparado con las telenovelas, muchísimas. Pero esa sí es una de las más importantes. Porque uno siempre tiene que estar bien vestido para la ocasión. Yo no tengo ocasiones, entonces siempre me visto igual. Menos cuando es domingo, claro, para ver los dibujitos. Esos días me visto a lo italiano, pero de puro fantoche: Me pongo la corbata y me la pongo por fuera del saco, ¿sabe por qué? Ah, pues se nota entonces que no ha ido a Italia. O si fue, no la entendió. En cambio acá uno encuentra todo. Absolutamente todos los países están acá, en la calle. Por ejemplo, una de las paredes donde veo televisión es una réplica idéntica del muro de los lamentos. ¿Si lo conoce? Ah, tampoco, pero bueno, queda en Israel. Mejor dicho, queda en Israel, y al lado de mi televisión. Ni le digo dónde queda porque después va y se toma fotos para decirle a sus amigos que se fue de viaje, ¿no? Claro, yo lo conozco. Se toma la foto y anda con la corbata por fuera, y dice que viajó por el mundo. Pero no, no señor. Si quiere aprender del mundo lo que tiene que hacer es sentarse los domingos a ver dibujitos. Porque los dibujitos son como la calle: tienen todo. Pero usté no era eso lo que me quería preguntar, ¿cierto? Usté para qué va a necesitar el secreto de la vida. Usté lo que necesita es que le responda, ¿qué? ¿cuántas personas comen de la misma olla que yo como? Pues eso sí es difícil de responder, ¿cierto? En primer lugar, porque yo no como. Y si como, no es en olla. Pero claro, como todos estamos en la olla, pues ¿qué más da? Mejor dicho, usted y yo comemos en la misma olla, ¿no le parece? Claro que es una olla rara, porque usté si come y yo no. Claro que me imagino que usté anda sufriendo porque está como gordito, ¿no? Le gustaría ser así flaco, como yo. Seguro. Pero así es la vida, ¿no le digo? Como los dibujitos animados: para que el de arriba se divierta un rato. Lo que pasa es que el hombre vive en domingo, entonces por eso nosotros no podemos descansar de la vida. Claro que sí hay cambios de programación, por supuesto. Dios los cambia como con un control remoto. Yo, por ejemplo, nací un día que Dios había fumado. Porque eso sí, usté sabía que Dios se invento la hierba mucho antes de inventarse al Hombre, ¿cierto? Ah, pues entonces le cuento: a Dios le gusta pegarse sus fumadas por ahí. Tampoco es que sea un rastafari, pues, pero el hombre si de vez en cuando se echa sus canitas al aire para relajarse. Eso me estaba preguntanto hace un rato, ¿no? ¿Que cuándo nací? Pues nací un día que Diós Había fumado. Y de la buena. ¿Expectativa de vida? No, señor. Yo ya no espero nada. Es mejor así porque entonces a uno le llega lo que no ha pedido y queda encartado. Yo tuve un par de amigos que les pasó eso con la novia y quedaron jodidos. De pronto ellos también dicen lo mismo de mí, claro, Que estoy jodido. Pero es que como usted decía hace un rato, todos estamos en la olla, entonces no hay diferencia. Entonces lo que toca es no esperar nada y así le llega todo lo que espera, ¿cierto? Claro que hay personas que quieren que les pasen cosas malas, y esas personas tendrían una ventaja, pero si uno se pone a ver, serían tan exitosas que no lo disfrutarían porque lo que quieren es sufrir. A veces hasta morirse. Claro que eso sí muy pocos, pero los hay. Hablando de eso, yo no sé si me quiero morir o no, pero sí sé de qué me quiero morir en caso de que pase. Me gustaría morir de un colapso estético. Exacto, así se escribe. Y sobre la expectativa de la vida, es muy simple. La vida es una broma, con un alto componente de ironía, porque es de un Dios con un sentido muy sofisticado de sarcasmo. Es como un chiste que nos están haciendo. Por eso hay que tomársela deportivamente. Y si uno no se ríe, pues no sé. Igual que cuando alguien no se ríe de un chiste en una fiesta, supongo. Que no entendió el chiste. Así hay gente que no entiende la vida y anda por ahí. Que no entiende nada. Y esa gente se la pasa con sus cuadernitos, y sus números, pero no entienden nada. Claro, tratan. Pero es que ¿cómo diablos va a entender uno un la vida con un papelito? Eso no se puede. Es como los que no entienden el chiste, es porque no tienen sentido del humor. Claro que a la gente que no entiende la vida lo que le falta no es sentido del humor. No porque sí tengan, claro, sino porque les hace falta algo más básico, ¿me explico? ¿Familia? Pues eso, como todo, es relativo. Porque de esa le va llegando a uno y se va alejando. Y pues yo tenía familia. Y qué Familia. Pero también le llega a uno familia. A veces le llega a gente que ni quiere, pero bueno, les llega. Y a veces uno llega a familias. Claro, ninguna como la de pequeño. Es como los amigos, que se vuelven familia. Y ya después uno no habla con ellos porque son como hermanos y lo que a uno le da es hasta mamera. Yo por ejemplo, tengo amigos con los que no hablo hace como...uy...más de treinta años. ¡Cómo pasa el tiempo! Claro, es que además a uno se le pasa el tiempo rápido cuando uno está pasando bueno, ¿no? Y en medio de todo se pasa bueno. Pues, hay cosas como pesadas, pero en ultimas uno pasa bueno. Uno, y los demás. A veces uno pasa bueno junto, y eso es lo más bacano. Ahí es donde viene la familia. Claro que hay gente que uno quiere de antes, y sin verla. Pero si me pregunta, pues mi familia es un tipo que le dicen Piro, y no Piró como dice la gente. O pues sí, así, pero pues a él solo le dicen Piró. En cambio hay otros que se dicen piró todo el tiempo, pero les dicen de otra manera. Piró, es Piró. Aunque yo le digo Piro. Pues sí, él sería como mi familia. Pero no como mi papá, ni como mi hijo. Ni como mi hermano, porque ese man es muy ordinario. Y no es que yo sea refinado. Claro que mi mamá me decía que yo tenía sangre azul, pero como eso ya a nadie le importa. Ahora desde que no tenga SIDA, todo pasa. Entonces, ahora mi sangre azul la comparto con Piro. Que también puede tener sangre azul, uno nunca sabe. Pero pues seguro, seguro es un azul diferente. Yo creo que es por eso que somos tan amigos. Tampoco maricas, le aclaro. No es que yo tenga algo en contra, sino que yo no soy y punto. Y Piro, claro, como usted y como yo, está en la olla. Entonces también sería de nuestra gran familia, ¿no? ¿Religión? Complicado. Complicado por lo que le estaba diciendo. Si Dios está divirtiéndose de nosotros, de puro desparche, entonces tiene que haber un Dios de Dios. Como cuando uno está viendo televisión y de pronto en la mejor parte de la película pasan comerciales, o como cuando uno ve un partido de fútbol y cree que afectó en resultado. Ahí uno siempre cree que hay como alguien, como un Dios de la televisión, mamando gallo. O por lo menos uno le protesta a un número plural de personas, como si fuera un complot. Pero siempre hay algún tipo de elemento sobrenatural ahí. De esa misma manera tendría que haber un Dios para Dios. O un complot. O algo así. De pronto hay muchos Dioses. De pronto hay hasta un colegio para Dioses y por eso hay unos mejores que otros. A nosotros nos tocó uno buena onda, por ejemplo. Claro, porque es un Dios bacaneado. Como que el man puso unos muy buenos momentos para uno. Como unas buenas lagunas, unas buenas nenas, y buena comida. Debe haber unos que son más estresados, y seguro hay unos hasta paranoicos. Menos mal a mi no me tocó uno de esos porque ahí sí me habría jodido. Es que a mí eso de la paranoia no me gusta. ¿Si ve? Entonces mi religión sería, como Relajado, o la No Paranoia. Y si no hay eso, pues ponga lo que quiera. Igual pues la que gane, ¿qué le pasa? Si a mi me dicen que ganó otra pues no puedo ya dejar de pensar lo que le acabo de decir, entonces deberían no preguntar eso. ¿Trabajo? Ah, no, pues eso sí tendría que poner que soy como ministro de mi religión, o algo así. ¿Salario? No, pues figúrese. A diario. Sí, me lo da la gente. Algunos porque con también de mi religión. Otros sí no, entonces a esos toca robarlos. Claro, con respeto, porque esto es Democracia y todo el mundo tiene derecho a tener su propio Dios, pero eso sí, a ellos ¿quién los manda a tener un Dios avaro y estresado? ¿Sí ve? Todo es un problema religioso. Por eso es que estamos como estamos. Porque todo el mundo anda preocupado por esas cosas. ¿Usté cuándo ha visto un dibujito animado preocupado por esas cosas? Cuando se mueren Así deberíamos hacer nosotros. Pero claro, como nos empeñamos en hacer las cosas diferentes, y como no son, pues entonces para eso hay hasta leyes. Usté, sinceramente, ¿cree que a mí una ley me va a cambiar eso? Ni a mi, ni a nadie. A menos que haya Dioses, por ahí, que sean medio lentos y los otros les quiten creyentes. Y seguro que hay otros más aviones. De pronto hasta uno puede estar equivocado y creer en un Dios que no le toca. Eso sí fijo que me pasaría a mí. Creer en un Dios que le toque a otro y vivir todo el tiempo seguro y pensando que estoy en lo correcto. Pero bueno, eso sí nunca se sabe, entonces, pues por eso no me preocupo. Y sigo así porque pues, ¿qué más hago? Entonces puede poner eso, que soy ministro porque no tengo alternativa. ¿Servicios? Pues agua y luz según disponibilidad de la zona. Y además tengo el corazón latiendo. Por ninguna me llega recibo, pero no sé si es que no tengan bien anotado mi domicilio. Espero que no me llegue una cuenta grandísima por los latidos, porque con esa manera de latir el mío, me llegaría carísima. Especialmente si tienen intereses retroactivos de cuando era chiquito, que ahí sí vivía cagadito del susto. Yo era de los que me orinaba en el camino al colegio. En el bus, claro. Pero porque me asustaban. Y por las noches en la cama, pero no era dormido, sino que me despertaba y me daba miedo ir hasta el baño. Por la luz y el agua si no me da miedo que me lleguen cuentas, porque se nota que tienen mucha. Eso la ponen cuando uno ni la ha pedido, luego debe ser porque les sobra y se la tienen que gastar. De pronto si no se la gastan toda les recortan para el mes siguiente, entonces por eso despilfarran. Como todo lo que uno tiene en exceso, ¿no? Y pues por esas cosas uno nunca cobra, porque le importan un culo todas. ¿Listo? Muchas gracias. ¿Que cómo me llamo? Pues a mí me dicen Ñero, pero entre amigos prefiero que me digan Nero. Mucho gusto y hasta la próxima.
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GUÍA DE ACTIVIDADES PARA UN PROFESOR DE CIENCIAS
Contradicciones de un hermeneuta hegeliano
Desiderio Santamaría tuvo que levantar la tapa del sanitario para saber si ya había orinado. Había dictado la cátedra de Hegel en el departamento de filosofía de la universidad durante los pasados doce años, por lo cual estaba absolutamente inmerso en la rutina. Sabía perfectamente los instantes en los que se dividía cada clase. Podía declamar palabra por palabra cada sesión, más allá de las pequeñas variaciones que tenían semestre a semestre los parlamentos de los estudiantes. Sabía que poco importaba para el desarrollo de la clase el estado de la moda en un momento particular. Los estudiantes seguían patrones inequívocos de un semestre a otro. Siempre había unos que preferían las sillas posteriores, usualmente llegaban tarde y generalmente eran agresivos en su hablar. Irreverentes cuando menos. Los puestos más cercanos al tablero siempre eran ocupados por alumnos más diligentes y entusiastas. Pero las similitudes iban mucho más lejos de esa simple división por cercanía cada semestre. Los personajes disidentes del pensamiento occidental objetaban siempre los conceptos de la sesión novena, siempre con un lápiz mordisqueado en la mano y sentados sobre su pierna derecha. De alguna manera siempre veía una cierta atracción entre este alumno y la mujer que usualmente llegaba tarde y faltaba a las tres últimas clases del primer módulo. Disfrutaba observar sus estudiantes semestre tras semestre, clase tras clase, y determinar esos parámetros. Ese día en particular, en el que no supo si ya había orinado hasta levantar la tapa del sanitario, estaba absolutamente seguro que se acercaría a él una alumna (como en los otros 23 semestres pasados) para pedirle una conversación privada. Tenía un par de candidatas, pero éste semestre la cuestión no había resultado tan evidente. Había varias que parecían padecer los males que normalmente le confiaban en la conversación privada periodo tras periodo. Una familia que se desmembraba en aprietos económicos, y un novio incomprensivo que huía tras la amenaza de un embarazo psicológico. Estaba seguro que no eran los problemas más graves que tenía un alumno de su clase, y que la charla correspondía más a una necesidad comunicativa que a cualquier otra cosa. La situación, sin tener en cuenta las particularidades de cada caso, siempre había tenido un desenlace bastante satisfactorio para su alumna. La idea de tener un destino predeterminado era bastante desalentadora, pero era mucho peor pensar que ni siquiera se trataba de un destino único. Eran destinos industriales, casi a manera de catálogo. Pensaba si él mismo había sido parte de alguno de esos estudiantes en la clase del profesor Ernesto Carrizoza cuando, en sus épocas de estudiante incursionó en Hegel. En todo caso, no sentía que alguno de sus alumnos tuviera el potencial de heredar su cátedra, como lo hizo él tras la sorpresiva muerte de su maestro unos meses más después de presentar su trabajo de grado. Desalentador, además, porque su maestro murió bastante joven y tras una vida relativamente similar a la suya. Le habría gustado tener la oportunidad de hablar con alguien que supiera en qué circunstancias había empezado el joven Ernesto su carrera de docente, solo con el ánimo de esclarecer las dudas con las que su cabeza lo traicionaba. Le era imposible hacer a un lado la idea de que su propia muerte no fuera tan remota como lo deseaba. A los 38 años aún era soltero tras un intento de matrimonio tan tormentoso que jamás llegó a ser más que un intento. Al igual que su profesor no había tenido una relación significativa con una mujer desde que se dedicó por completo a la academia, situación no del todo irracional si se tiene en cuenta que dictaba el máximo número de clases permitido por los estatutos de la universidad. Acabada la clase se dispuso a contestar las dudas de los estudiantes que lo abordaban para hacer todas las preguntas que no quisieron formular en público. Mientras arreglaba los libros en una pila cómoda para cargar y contestaba las preguntas, observaba atentamente el grupo de estudiantes que salía del salón como si se tratara de un campo de concentración. No sabía si sería abordado por ese ser lleno de conflictos antes de salir del aula de clase o camino a su oficina. Una vez respondidas las preguntas de rutina se detuvo para ver el salón vacío. Sabía que no se podía tratar de alguno de los alumnos a quienes acababa de responder vagamente las dudas presentadas, de manera que se dispuso a salir del salón algo desconcertado. En ocasiones anteriores la mujer en cuestión se había acercado a él fuera del salón de clases, pero siempre se había percatado del ímpetu comunicativo de ella incluso antes de salir. Las que lo habían interceptado camino a su oficina siempre habían permanecido un tiempo observándolo responder las preguntas que le formulaban los demás estudiantes, y finalmente desistían de hablarle en el salón. Jamás había sido abordado sin previo aviso. Sin esa extraña sensación de ser observado por alguien que en silencio desarrolla conversaciones enteras. Sin el cortejo normal que precede una conversación entre dos extraños. ¿Era posible que no apareciera, como siempre, una estudiante con problemas emocionales como todos los semestres? A la salida del salón vio estudiantes como cualquier otro día normal de clases. Como prisioneros, ante la libertad provisional que disfrutaban después de salir de clase y antes de entrar a la siguiente, fumaban. Parecía ser uno de los lazos de solidaridad más importantes entre ellos, aún más importante que la información relacionada con el estudio. Ocasionalmente había estudiantes que no podían conseguir las lecturas asignadas. Sucedía, también, que algunos no se enteraran de información vital relacionada con un examen. Pero jamás sucedía que un estudiante no encontrara acceso a un cigarrillo después de su clase. Pasó entre varios grupos de estudiantes que vociferaban en lenguaje coloquial problemas de la vida, de Hegel y de varias otras cosas que en ese momento les eran familiares. Pululaban las malas palabras y nadie parecía estar realmente consternado. Desiderio continuó extrañado. Esa mañana, cuando tuvo que levantar la tapa para ver sus propios desperdicios pensó que este semestre realmente quería conocer su pupila con problemas emocionales. Había pensado incluso en seguirla. Observarla. Ver cómo era aquella señorita que siempre venía a buscarlo. Pasó por la cafetería, donde ya se había deshilvanado completamente ese micromundo de la clase. Vio varios alumnos de otros tiempos. Algunos, incluso, que aún no habían pasado por sus manos pero que en cuestión de meses estarían frente a él. Otros, que claramente guardaban buen recuerdo de sus clases porque lo saludaban amigablemente. Él jamás se había distinguido por ser bueno para los nombres. ¡Tantas caras! ¡Tantos nombres! ¡Tantas historias personales! Podía tener en frente justamente a su alumna emocional de hace un par de años y no distinguirla. Podía tener en frente, inclusive, a quien sería su alumna emocional ese mismo semestre y no reconocerla. Se sintió observado. Más observado aún que cuando las anteriores lo habían esperado en el salón de clases, pacientemente y preparando el discurso. Reuniendo todas las fuerzas disponibles en ese instante particular para no llorar frente al profesor. Cualquiera de esos ojos que lo veían pasar podía perfectamente ser esa mujer. Habían pasado ya 23 por su amable diálogo. Empezó a pensar en las posibles candidatas. No sabía nombres, pero de cada estudiante recordaba alguna particularidad. Había varias. Una de ellas, a quien él había identificado como una de las más serias aspirantes desde el principio de las clases, tenía cierta influencia del fenotipo asiático en sus facciones. Vestía sacos color pastel de un corte y tono que parecía permanecer inmutable a las dinámicas de la moda. Había algo, sin embargo, que no le convencía. Ella parecía tener algo más de tenacidad para ser considerada ganadora prematura. Le faltaba algo de inestabilidad mental para ser desequilibrada potencial. Había otra, de cabello largo y ondulado, pero era muy bella para asumir ese papel. Jamás, en los doce años que llevaba dictando, ese personaje había sido interpretado por una mujer linda. Ni siquiera medianamente. Siempre se trataba, y esa era una de sus hipótesis fundamentales para trazar el paralelo a lo largo del tiempo, de una mujer fea.¿Dónde estaba su fea ese semestre? Imposible adivinarlo. Jamás había tenido mayor contacto que la conversación en la que redimía de toda culpa a su alumna por no asistir a clase. De haberlo hecho los semestres anteriores, sabría perfectamente dónde buscarla para hablar con ella. No le cabía la menor duda de que en algún lado había una de las muchas mujeres de su curso en apuros. De la misma manera como en toda sociedad hay asesinos y ladrones, en su clase era fundamental la participación de una mujer cuyo seno familiar se desmembrara. No podía tratarse de una falla en el tiempo y el espacio. Los últimos pasos antes de llegar a su oficina los dio particularmente lentos. Parecía un hombre que consulta un adivino y le dicen que le queda solamente un día de vida. Miraba todos los rincones. Todas las puertas que se abrían eran alumnas clamando por su ayuda, en potencia. Le preguntó a su secretaria, con el disimulo característico de quien quiere hacer casual la cosa, si alguien lo había buscado. Entró a su despacho y se sentó desconcertado frente al computador. Jamás le había pasado esto. ¿Podría, realmente, haber una falla en el tiempo? ¿Se había percatado, Desiderio Santamaría, de una discontinuidad en la historia? Pensó en las consecuencias que eso suponía. El fin de la historia. El fin de Nuestra Era. El comienzo de un periodo nuevo de la historia. Como un autómata movió el ratón para terminar las secuencias visuales del protector de pantalla. Después de unos segundos pudo ver los programas tal y como estaban a su salida antes de almuerzo. Había tres mensajes nuevos en su bandeja de entrada. Observó rápidamente los asuntos y discriminó por intereses. Dos eran del director del departamento, respondiendo a una discusión que se había dado por los múltiples casos de copia en los nuevos estudiantes. Otro, el más interesante, de un desconocido. Siempre le llamaban más la atención los mensajes de desconocidos. Siempre quedaba igualmente desilusionado al leerlos. Una ocasión, incluso, fue el culpable de difundir un peligroso virus en la red de computadores del departamento por abrir mensajes de desconocidos. Sin embargo, el espacio virtual no se había apropiado lo suficiente de una parte de su personalidad como para que él considerara esos mensajes una amenaza. Incluso a pesar del memorando que recibió tras haber infectado más de quince mil archivos del servidor local únicamente, y varios más en los de sus colegas. Lo abrió casi instantáneamente.
From: Ana Milena Molina
To: dsantamaria@uniandes.edu.co
Subject: Clase Hegel
Profesor, Soy estudiante suya de la clase de Hegel. Desafortunadamente he tenido algunos problemas personales y no he podido asistir a su clase. Le ruego me disculpe. Asumo las consecuencias y me comprometo a adelantarme en todo lo visto en clase estas dos semanas.
Atentamente,
Ana Milena Molina
Codigo 1999217147
Desiderio no pudo dejar de ver en la pantalla el reflejo de su sonrisa de satisfacción. Se levantó para ir al baño.
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EL CANTO DE FRITZ WEINBERGER
Sin saber muy bien por qué, pensó en ella antes de entrar al escenario. Un olor, un sonido, un color. Un instante en la eternidad, y un millón de imágenes en forma de relato desde que dejó de verla. Pisó las tablas un poco desconcertado, pero era un número que sabía de memoria, y estaba acostumbrado a realizarlo sin que fuera muy doloroso. Siempre se había sentido ridículo en el traje de la época de Mozart, pero era lo que el público quería. Para eso iban a Viena.
Recibió los aplausos de rigor, ignorantes y sentidos. En todo caso él no era nadie para recibir aplausos. Era un trabajo como cualquier otro, y se ganaba en dólares que pagaban gustosamente los turistas. La expectativa no fue diferente a la de otro día. No había personajes famosos en la sala, o le habrían dado la noche de descanso para que estuviera el imbécil de Koehne, capaz de disfrutar un mal de amores. Seguramente había sido uno de esos niños que las madres ponen en clase de violín para que toquen frente a todas sus amigas. Para el violín, a pesar de insistir lo contrario, tenía talento negativo. Era uno de esos individuos que sorprende al público al revelar el número de años que lleva practicando, por lo que acabó por desarrollar su levemente superior potencial de canto. Lo único bueno, de hecho, que tenía su trabajo, era que no corría el riesgo de encontrarse a Koehne. No tener que soportar su sonrisa sincera y sus amables invitaciones. El tarado, realmente, no se daba cuenta que hacía parte de un grupo de fracasados. El grupo se dividía en dos tipos de personas: los que gozaban su trabajo, y los que se resignaban. Koehne no sólo era del primer tipo, sino que los lideraba. Constantemente organizaba actividades de integración para alegrar la vida de personas, que, como Fritz Weinberger, iban por el mundo como si alguien les hubiera arrebatado el sentido de la vida. Koehne, por supuesto, creía conocerlo.
Sonrió al pensar en Koehne y ver que no estaba. El público aplaudió como si hubiera sido con ellos. Las luces no dejaban ver la sala desde la tarima, pero por los aplausos Fritz supo que estaba casi llena. Antes prefería las salas desocupadas, pero ahora le daba lo mismo. Los violines lo salvaron. Ni la torpeza de sus compañeros era suficiente para obstaculizar el sonido algelical que brotaba de los instrumentos. El oboe, desde temprana edad su favorito, hizó su entrada autoritaria. Luego violas, violines, todos los vientos, y luego el silencio que marcaba su entrada. Silencio. No era cierto lo que pensaba Koehne, él no había perdido el sentido de la vida. Jamás lo había tenido, ni se había preocupado por buscarlo, pero si había algo sublime era ese instante. El silencio anterior al canto, que a diferencia de otros instrumentos, no puede controlarse en el silencio. No pueden estar los dedos sobre las teclas o en la cuerda adecuada. Un instante suficientemente largo como para saber que existió, para vivirlo plenamente, pero suficientemente corto como para no alcanazar a disfrutarlo.
De repente Weinberger se sorprendió a sí mismo cantando. Cantando realmente. Como si jamás hubiera perdido esa audición. Como si su vida hubiera seguido el curso que llevaba. Como si no hubiera perdido un sólo día de entrenamiento desde ese momento y hoy fuera esa gran voz que todos esperaban y prometían. Allí, en medio de todos, Fritz Weinberger se hizo maestro. Nadie jamás lo supo. Los pocos músicos competentes que había en el escenario estaban zumidos en la rutina: él podía empelotarse y ellos no se habrían percatado. Los otros, que disfrutaban lo que hacían, estaban tan ocupados en eso que bien podían ser embalsamados para recordarle a la posteridad lo que es la placidez. El público, mucho menos. Todos eran estadounidenses clase media. De ser permitido, se habrían sentado con perro caliente y gaseosa. Así, en medio del silencio, se consagró Fritz Weinberger. Su canto fue sublime. El mejor que oirían jamás los asistentes. Una obra maestra para el olvido. Para el silencio. Al igual que las pinturas del Tíbet que lava la lluvia y que tantos volúmenes que ardieron en la biblioteca de Alejandría.
Fritz soportó con dignidad los aplausos ignorantes y las felicitaciones de libreto de sus colegas. Dejó el escenario con calma, y se desabrochó el incómodo vestuario. ¡Qué bello era no ver a Maximiliano Koehne!
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INTRODUCCIÓN AL QUINTO CUADERNO
Saturday, July 09, 2005
CUADERNO QUINTO
GUÍA DE ACTIVIDADES PARA PERDER EL TIEMPO DE MANERA PRODUCTIVA
INTRODUCCIÓN AL QUINTO CUADERNO
Una de las actividades humanas menos valoradas es la de esperar. La vida misma comienza con una espera, por lo menos para los hispanoparlantes, en la que uno es sometido a un arduo proceso de entrenamiento para lo que se le viene encima después de nacer. Incluso antes podría decirse que es uno un óvulo en espera de ser liberado y un espermatozoide con ansias de fecundar. Pocas veces vuelve un ser humano a tener tan clara la dicotomía de su propia personalidad (pues es el único momento en el que uno es dos seres independientes a la vez), así como la naturaleza de su visita a éste mundo: esperar.
No es algo exclusivo del ser humano. En el reino animal se dan ejemplos detallados de virtuosos animales adaptados a éste arte. Los mal llamados y desafortunados perezosos tienen la capacidad de colgarse de un palo a esperar. Sabrá sólo Dios qué diablos esperan, pero la parsimonia con la que actúan denota una gran consciencia del propósito que vinieron a cumplir. Los Koalas van incluso más allá. De las 24 horas del día reposan bastante más de la mitad, logrando a veces días de hasta 6 horas de productividad.
El hombre, de naturaleza un poco más complicada, ha inventado una serie de complejas estrategias para llevar a cabo el acto de esperar. Se tienen, en primer lugar, las filas. Las hay de todo tipo y para cualquier lugar, pero son sin lugar a dudas uno de los fenómenos transculturales más característicos de las poblaciones humanas. En la cultura occidental parecen denotar en gran medida el poder del aparato dirigente, sea cual sea su naturaleza. Los edificios estatales de dictaduras, democracias y demás formas de organización estatal tienen por característica fundamental estar plagadas de interminables filas, generalmente amorfas, con divisiones a diferentes ventanillas, y como cualquier persona sabe, repeticiones. Son filas que tienen una característica fundamental: jamás se hacen una sola vez. En el lejano oriente la cosa no es muy diferente, aunque son pocos los estudios que se han realizado en el tema de manera comparativa, ya que los antropólogos generalmente se interesan por hacer estudios comparativos de fenómenos menos importantes como el lenguaje o la religión. La naturaleza humana es tan particular, que en una ocasión tuve la oportunidad de hacer una fila que no condujo a ningún lugar particular, ni otorgó al primer puesto de turno beneficio alguno. Más sorprendente que eso, sin embargo, es que la gente parecía no asombrarse ante la llegada, después de horas y horas de esperar, al punto en el cual se disipaba la fila. Salían todos con una inconfundible cara de satisfacción por haber logrado superar la inconveniente y larga, pero eso sí, organizada fila que no conducía a ningún lugar. Curioso que, además, era una fila en la que cada integrante se encargaba de hacer respetar su puesto, ya que los pocos intentos que hubo de transgredir la alineación de individuos fueron fuertemente repelidos por gestos de solidaridad entre los integrantes. De haber sabido que la fila no conduciría a un punto con características diferentes a las del anden en el que reposaba un joven transeúnte la borrachera del día anterior, yo no habría tenido el más mínimo inconveniente de dejar pasar a cualquier persona. De hecho, de haber sabido no me habría quedado en esa fila. Todavía tengo la esperanza, eso sí, de haber ganado un par de puestos en algún plan divino de alguna índole, siempre y cuando no haya yo saltado puestos en la lista de espera con la señora de negro, o algo similar.
Están también las filas virtuales, aún más aburridas porque debe un desistir del único elemento de distracción que supone hacer fila de pie: el cansancio físico. De éstas existen tantas modalidades como lugares en el mundo, ya que no son más que variaciones del popular take a number, stand in line, que naturalmente supone la incoherencia de ser fila literal y virtual a la vez. Acá, una serie de actividades para no tener que limitarse a poner cara de perro en un apartamento cuando se topen con la popular e involuntaria actividad de esperar, en aras de un despilfarro de tiempo más lúdico.
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CUADERNO DE LAS COSAS
CUADERNO CUARTO
CUADERNO DE LAS COSAS
1.EL LÁPIZ
Pocas personas pueden recordar a ciencia cierta la primera vez que tuvieron en sus manos este popular adminículo. Yo, en cambio, tengo muy presente el día en el que Santiago, el más grandecito del curso, hizo gala de la mucha fuerza que salía de su, en ese entonces, gran humanidad e incrustó tres centímetros y medio del objeto en mi muslo. Podría haber sido peor, claro está. Ese ha sido mi consuelo durante todos estos años. Si el lápiz no hubiese tenido punta, o si el objeto en cuestión soltara tinta en vez de carbón, tendría en mi pierna algo más que la simple y afilada de carbono 2H. Afortunadamente no es así.
Afortunadamente el niño, con la maldad que caracteriza cualquier individuo de su edad, tuvo el tiempo y la pericia suficiente para sacarle punta en el nuevo tajalápiz del salón, eléctrico y maravilloso. Si el individuo hubiera sido Tomás, habría sido un lápiz mal tajado y muy mordido, probablemente extraviado por un niño en algún pasillo del colegio. Pero no, tuve la suerte de que mi agresor fuera un niño pulcro y metódico. Seguramente llegó a intentar rebanar un cabello en dos con el filo del corto punzante como lo hacían en la televisión los dibujos animados de la época. Seguramente lo tajó más de tres veces, después de probar cuando menos unas cinco, para estar seguro que iba a pasar a través del pantalón de dril del uniforme. Ese objeto, cuya punta está incrustada en mi cuerpo a manera de cabeza de garrapata, inventado en Inglaterra y derivado de los utilizados en Roma, comercializado en Alemania y promocionado años más tarde, es el lápiz. Un objeto corto punzante. Instrumento de tortura infantil con un borrador de mal sabor en la parte posterior. Lápiz. Yo, personalmente, escribo en computador, o en su defecto, con esfero.
2. LA PAPAYA Érase una vez un náufrago que odiaba la papaya. Quizá no fuera náufrago, ya que había sido rescatado, pero había estado perdido por tres años en un lugar en el que para comer no había nada más que papaya. Durante su naufragio había comido trescientas veintidós mil cuatrocientas setenta y una papayas. Las había dividido en siete clases de sabores, con entre cuatro y doce subclases cada una. Eso, además de distinguir trece tipos de preparaciones diferentes. Después de un tiempo, resultó ser tan agudo su sentido en lo referente a la papaya que identificaba las combinaciones que podrían llegar a resultar perjudiciales para la digestión humana. Descubrió que cocinada, entre agua, la papayuela verde simétrica no tendría efectos de somnolencia. Caso bien diferente era el del puré de papaya samba, que al ser cocinada a la plancha evaporaba la mayoría de sus líquidos dejando un dulce que no sólo producía pesadillas, sino también malestar estomacal. Este siempre podía ser peor si se comían patacones de papaya larga biche, pero por supuesto eso no se le ocurriría a ningún ser con algo de razón, o en su defecto, a él. El filete de papaya a las brasas con algo de melcocha de papaya era uno de los platos más apreciados, por el contrario, pues tenía la perfecta combinación de papaya dulce con papaya agria, y si era servido con pequeños trozos de cáscara de papaya rancia tenía sencillamente cada uno de los sabores fundamentales que constituían la verdadera esencia de la papaya.
Algo de trabajo le costó, eso sí, acostumbrarse al sabor de la papaya fermentada. Siempre tuvo como preocupación el que su proceso no fuera el adecuado y fuera esa la causa del mal sabor en la bebida, pero después de cierto tiempo se convenció a sí mismo de que ese era el mejor sabor de tal elixir. El proceso resultó, eso sí, además de complicado algo difícil, por lo cual perdía constantemente litros enteros en plena fermentación y se limitó a consumirlo en ocasiones especiales. La cosecha tardía, eso sí, era una de sus favoritas, pues era una bebida que podía ser bebida como sabor central y no como acompañante, pero por la calidad requerida en las papayas para ésta receta no lo fabricaba más de una vez cada dos años. Con el tiempo logró diferenciar cosechas enteras de papayas por su olor. No sólo cada papaya tenía un olor particular, sino cada cosecha entera era diferente de la anterior. Las condiciones de lluvia, la temperatura y el viento eran variables fundamentales para el sabor de la papaya. Las diferencias empezaron a ser tan radicales entre cada uno de los tipos y preparaciones, que había clases de papaya que eran cultivadas por el náufrago para una preparación determinada, e incluso las menos apetecidas se fueron viendo relegadas hasta llegar a ser casi un artículo de lujo. El náufrago constantemente imaginaba cómo al llegar de vuelta a su casa todos lo iban a reconocer por su desarrollado conocimiento sobre la papaya. Pensaba en ocasiones dictar un seminario sobre cada una de las características de la papaya, o incluso una profesión. Mejor aún, una ciencia, en la que laboraran papayólogos. O, por qué no, una facultad de estudios sobre la papaya. Imaginaba congresos enteros dedicados a la papaya, en los cuales se le hiciera mención especial al más grande de todos los papayólogos de la historia, un hombre sin cuyo trabajo esta ciencia jamás habría existido. Alguien a quien todos, con mucho cariño y respeto llaman papayito. Alguien que, después de toda esta historia, desarrolló una alergia y jamás volvió a comer papaya.
3. EL MENSAJE FANTASMA
Érase una vez un email que jamás llegó a su destino. Lo escribió una persona a quien llamaremos Novia, para un sujeto que llamaremos Novio Ansioso. Habría podido no llegar por múltiples razones. Los servidores de Hotmail podrían haber devorado las palabras de Novia, como solían hacerlo en las varias ocasiones en las que tenían algo importante que decirse. Podrían las palabras de Novia reposar en ese espacio sin lugar en el que estaban todos los trabajos perdidos y todos los formularios de internet que se borraban. El ciberespacio, como el mundo medieval, está lleno de lugares como ese. Ni el novio ni la novia sabían que en un futuro no muy lejano al de ellos se fundaría el primer curso de arqueología virtual como postgrado, en el cual impartían clases de historia en las que se veneraba un precursor colombiano, quien dedicó varias de sus horas, a diferencia de Novio y Novia, al estudio sistemático de curiosidades en la red, sin imaginarse siquiera que había desarrollado una metodología para realizar estudios culturales.
Todo esto podría haber ocurrido. Sin embargo no sucedió lo uno o lo otro. En un claro ejemplo de eficiencia computacional, la secuencia de acciones necesarias para que Novio Ansioso pudiera ver el mail de Novia se vio obstaculizada por todos los inconvenientes posibles. El fortuito hecho, naturalmente, nadie lo logró registrar dado que la única persona en el planeta con la capacidad para hacerlo tenía claramente afectada la posibilidad en manos de las ansias de recibir el mail. Sucedió que se alinearon todos los dioses tecnológicos (también conocidos como Bugs) para hacer posible el colapso computacional más grande de la historia. Todos los algoritmos de seguridad resultaron, en manos del azar, perfectamente configurados para que un virus de relativa efectividad avanzara en trayectoria recta desde un computador en Bangladesh hasta todas las máquinas que estuvieran en ese momento conectadas a internet. Mediante un proceso ingenioso, el virus lograba apagar definitivamente cualquier procesador. Los documentos escritos pero no salvados fueron a parar al lugar donde van a parar todas las palabras perdidas cuando se apaga el computador. Los que alcanzaron a mandar algún documento por internet sin que este llegara a su destino final no tuvieron más remedio que aceptar esa misma sensación que tuvieron cuando niños al volarse un globo o escaparse la mascota del hogar. Ese gigantesco agujero negro aceptó de buena gana cada uno de los bytes que circulaban en ese preciso instante, simultáneamente, por la red mundial. Novio Ansioso jamás se enteró. Su compudador se reusó a encender. Él pensó que se debía al cansancio (porque creía que, de todos los elementos con los que interactúa el hombre, el computador era el más digno de ser entendido como antropomorfo) que le había producido una noche entera vociferando al silencio del estudio cada vez que alguien, en algún lugar, cambiaba su estatus en el chat. Visitó el café-internet de su localidad para enterarse, con sorpresa, por medio de una hoja escrita a mano que no abrirían ese día. Intentó llamar a alguien para revisar en otra casa ese lugar familiar que llamamos inbox, pero el celular no tenía señal. Fue a su casa y quiso ver televisión para calmar la ansiedad, pero para su sorpresa no parecía haber ningún tipo de transmisión. Pasó por alto todos los indicios del que bien podría haber sido el paso atrás cuantitativo en la evolución de la humanidad. Jamás podría saber, pensó en ese momento, si ella le había escrito o no. Cada minuto sin poder ver la pantalla de esa extensión de la personalidad que llamamos mail, con una serie de comunicaciones que muy bien definían su existencia, era una eternidad.
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3. HIPOCONDRÍA CONTROLADA
Hernado Buenahora estaba particularmente orgulloso ese domingo de haber tomado el seguro de hospitalización. Era más que consciente de su hipocondría, pero no por eso debía dejar de visitar el médico cada vez que lo creyera oportuno. A sus 52 años había entrado y salido de tantos hospitales como iglesias, y aunque no fuera una persona creyente visitaba estos templos con cierta regularidad por motivos diferentes. Los hospitales, sin embargo, generalmente los visitaba por razones similares. Su voluntad era generalmente doblegada por dolores en el pecho o el estómago bastante bien localizados y ante los cuales los médicos tenían siempre la misma respuesta. Hernando era un hombre saludable con un sistema digestivo delicado que le hacía pasar malos ratos de vez en cuando.
Ese domingo particular, Hernando estaba bastante seguro de no tener taquicardia o paro respiratorio. No. Ese domingo, Hernando tenía bastante clara la causa del dolor en el abdomen: había asistido, como solía hacerlo con frecuencia, al almuerzo familiar organizado por la esposa de su hijo de origen antioqueño. Esta vez, sin embargo, no había tenido la precaución de evadir los elementos potencialmente indigestivos, como el crujiente chicharrón y las dos porciones extra de plato fuerte. No cabía duda, lo que tenía era indigestión. Pero eso no tenían por qué saberlo los médicos que iba a visitar. Más aún, él no tenía por qué saber que una doble porción de frijoles, a un sistema digestivo como el suyo, le podía causar esos dolores que tanto parecían un ataque cardiaco.
Además, una de las cosas que él más disfrutaba era visitar los médicos y que elogiaran el estado de salud en el que se encontraba. Durante su juventud fue un ávido deportista y aún conservaba rastros de esas bellas épocas en su figura. Recordó lleno de orgullo cómo al llenar el formulario de afiliación había respondido sistemáticamente de manera negativa a todas las preguntas de antecedentes. Era una persona saludable, y lo sabía perfectamente. Pero también sabía que tenía todo el derecho a utilizar cada una de las bondades del servicio al que se había afiliado.
- Emergencias, habla Rosa. ¿Qué se le ofrece?- dijo una voz del otro lado del teléfono.
- Cómo le va, Rosa- dijo en tono afirmativo- soy Hernando Buenahora. Tengo un seguro con ustedes, y tengo entendido que puede venir un médico a visitarme las 24 horas, ¿cierto?
- Claro que sí, don Hernando. Solamente necesito que me regale el número de su cédula y ya mismo le mando una ambulancia.
- Bueno, caramba, pues no creo que haya necesidad de ambulancia. Solamente tengo un dolor en el pecho, y estoy un poco mareado. También tengo un poco de fatiga.
- Regáleme el número don Hernan, y ya le llega la ambulancia. Mientras tanto por favor relájese y no haga ningún esfuerzo.
- Bueno, mira...el número de mi cédula es 47.1020.
- Listo don Hernando. Si quiere puede dejar lal puerta abierta para que el equipo de emergencia no tenga inconvenientes para entrar. En un par de minutos van a estar allá.
- Muchas gracias Rosa.
Después de colgar fue hasta la puerta y la entreabrió. Pensó en el mal tono con el que su hijo médico habría tomado su llamada. Fue por eso que decidió afiliarse por una conveniente suma mensual al servicio médico a domicilio. Pensando eso se sirvió un vaso de whisky y se sentó en la sala para esperar el servicio médico.
Pasados unos minutos llegaron unos hombres fornidos que parecían estar acostumbrados al proceso. Mientras uno de ellos revisaba los signos vitales de Hernando, los otros retiraban los muebles de la sala y preparaban una camilla.
- Caramba, yo no creo que sea para tanto. La verdad es que basta con que me tomen la tensión, ¿no creen?
- Nunca se pueden escatimar esfuerzos cuando de ellos pueda depender una vida, don Hernando. Lo mejor es que lo llevemos al hospital y allá le hagan las pruebas pertinentes. Si no es nada, solo será un motivo de alegría.
Su hijo jamás le habría respondido de esa manera. Ni siquiera repararon en buscar causas diferentes y obvias como siempre hacían los otros médicos, especialmente los emparentados. Recordó cómo le molestaban las preguntas de su hijo sobre lo que había comido, si había hecho algún movimiento raro, y cosas de esas. Eso no es pertinente si la persona piensa que tiene un ataque cardiaco, pensaba Hernando. Cualquier persona puede saber si unos fríjoles se le indigestaron.
Entre los paramédicos se comunicaban con la jerga característica para diagnosticar cualquier porrazo. Él no entendía absolutamente nada, pero ellos parecían estar tranquilos y eso le agradaba. Le transmitían seguridad, y le agradaba pensar que no se trataba de algo grave. De vez en cuando sus conocimientos de medicina eran suficientes para comprender que los hombres elogiaban su estado de salud, y eso lo hacía llenar de orgullo.
- Don Hernando firmó todos los papeles de afiliación, ¿cierto?
- Sí – contestó él la primera de las muchas preguntas de rigor que se avecinaban.
- ¿Habló con alguien para que lo vean en el hospital, o desea que llamemos a alguien?
- No hay problema. Mi mujer murió hace bastante, y ya estoy acostumbrado a ir sólo donde el médico.
- ¿Está tomando algún medicamento?
- No.
- ¿Es alérgico a algún medicamento?
- No.
- Le voy a coger la vena para ponerle estos calmantes. Julio- le dijo a uno de sus compañeros- alcánceme el propofol y el pentotal.
Hernando nunca fue muy bueno con las agujas, pero había que aceptar que estos tipos eran diestros. En todo caso no le causaba mucha gracia que introdujeran agujas en su cuerpo. Empezó a sentir rápidamente el efecto de los calmantes.
- Realmente no creo que todo esto sea necesario. Nunca me ponen esas cosas que me acaban de dar ustedes. Yo creo que esto puede ser una simple indigestión porque hoy comí fríjoles. A mí siempre me toman la tensión y ya.
- Tranquilo, don Hernando. Sucede que normalmente no necesitamos donantes. Tenga la seguridad, eso sí, que jamás renegará de nuestros servicios. Intentó moverse bruscamente pero sus extremidades ya no le respondieron. Pensó que habría preferido no haberse enterado.
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2. CINEFILIA Y CINEFÓBIA
Me gustaría morir en cine. Sólo, para que nadie me vea hasta que se acaben los créditos. Que los empleados del cine entren cuando hayan pasado los nombres de todos los colaboradores de la película, si los dejan, porque en Colombia siempre apagan el proyector antes de pasarlos todos. La película no importa. Una vez leí en una revista que el buen amante del cine tiene que ver todas las películas, sin descartar por nombre, reparto o director. Yo no sé si soy un buen amante del buen cine, pero me gusta ver todo tipo de películas. De hecho, estoy firmemente convencido de que las películas que más le gustan a uno no son necesariamente las mejores que uno ve. Las mías, por ejemplo, son Los pájaros, de Hitchcock, y El Imperio del Sol, de Spilberg.
Recuerdo la primera vez que vi una película en un idioma que no entendiera. Fue Adiós a mi concubina, en el festival que organizaba el por ese entonces llamado MAM en Bogotá en el que mostraban las mejores películas del año anterior. Después quisieron darle un nombre más tropical, supongo, y le cambiaron el nombre a MAMBO. Al año siguiente recuerdo haber estado especialmente atento al festival, y con dos amigos nos aventuramos a ver una película de un director inglés que se llamaba Shallow Grave. Recuerdo el impacto que me causó, y que uno de los personajes se llamaba Alex, como yo. Después, a la salida, uno de mis amigos pretendía parar en el parque que está contiguo al planetario porque mientras habíamos estado en cine había empezado- y terminado- de llover. Decía que le encantaba el olor del pasto después de un buen aguacero bogotano. Yo solamente podía oler el peligro que corrían tres pueriles almas en medio de la noche en un parque del centro de la ciudad.
Si uno se acuerda o no de las personas con las que va a cine no depende de ellas, sino de la película. Hay películas que a uno le hacen recordar la compañía, de manera que años después uno puede recordar con quién la vio, si a esa persona le gustó, y cosas así. Hay otras que a uno le hacen imaginar que las vio con alguien, de manera que uno puede estar seguro del comentario que hizo una persona determinada en un instante tal de la película. Hay otras, por el contrario, en las que uno recuerda poco de la película y más bien recuerda las personas con las que fue. Estas son, realmente, las películas que valen la pena. Especialmente si uno va solo.
Yo recuerdo la primera película a la que fui. Era Roger Rabbit, en la que actuaba un tipo parecido a Danny De Vito que más tarde iba a trabajar con un director Canadiense. Bueno, esa fue la primera película que vi consciente de que había ido a cine, y de que iba a ver una película. Recuerdo haber estado en una proyección de dibujos animados una tarde de sábado en Unicentro, pero no se trataba realmente de una película en el sentido estricto de la palabra. Por lo menos en el sentido estricto que le doy yo. Era un intento de adaptación de las Mil y una noches con los dibujos de la Warner BROS.
El primer director que me encantó sí lo recuerdo bien. En un festival de cine europeo, también en Bogotá, asistí sólo a una película de Suecia llamada Sonrisa de una Noche de Verano. No sé cuál fue el impacto que me causo, pero desde ese momento creo que supe lo que era un gran director. Eso sí, desde ese momento me dediqué a ver las películas de Bergman y no hubo otra con la que tuviera esa sensación. Todavía no he visto todas las de él, pero sé que no por ser de él una película me va a dar una determinada impresión. La siguiente en mi lista de preferencias es sin lugar a dudas Fresas salvajes, sobre la que he oído también grandes elogios. Sin embargo, una de mis favoritas es la que protagoniza quien era el padre de la serie Kung Fu, la leyenda continúa. Por lo menos así se llamaba en español. Hago la referencia así porque realmente no sé bien cuál es el nombre de verdad. Siempre que me voy a referir a esa película digo que en ingés se llama Serpent _s Egg, pero creo que en español hace alusión al color del huevo de la serpiente. En fin, lo único cierto de Bergman es que no me pasó con él, como con otros directores, que me gustaran todos sus films.
Uno de mis personajes favoritos del cine es el intelectual de Crimes and Misdeminors, de Woody Allen. En esa película, también recuerdo, habla sobre Gabriel García Marquez. A mí no me gusta él, pero me parece increíble que hable de él. Debe ser por esa curiosa noción que hay en Colombia de nación. De patriotismo en particular. Creo que uno de los momentos más altos de la historia del país fue cuando Freddy Rincón marcó el gol ante Alemania. Hay otra película en la que el mismo director menciona mi país, pero hace referencia a una de las peores tragedias que se han visto desde que tengo uso de razón en el país: el terremoto del eje cafetero. Eso sí es una extraña sensación. Otro director que hace referencias al país es Quentin Tarantino, y no es precisamente en odas a la patria. Tampoco denigra. Dice la verdad, pero como es un tipo tan loco entonces sí se ve mal. Cuando los tipos locos dicen la verdad, suena mal. Pero cuando a uno le dice la verdad una persona inteligente, entonces ahí sí se escucha. La verdad debería ser verdad sin importar de dónde venga, pero como el mundo no es así, y en él he de vivir, pues así lo he de aceptar. No sé si es por eso que voy a cine. Una de las reflexiones que más me gusta hacer, y repetir en mi cabeza, a partir de una película es la relación que hay entre el mundo del cine y la realidad, con base en la Rosa Púrpura del Cairo. Esa es definitivamente mi película favorita de ese director. Sucede en la gran depresión americana, no la de ahora en la que parece haber una epidemia de depresión, sino la de la primera mitad del siglo XX. Ahora es el siglo XXI y a la XXth Century Fox le tocó cambiar el nombre. En la película hay una mujer que va al cine para escapar de la gran depresión, y es curioso cómo a partir de ese simple hecho se explica la lujuria que se vive en una de las épocas gloriosas del cine norteamericano. Justamente por la realidad, la clase trabajadora gasta sus contados centavos para ir a cine y sostener una infraestructura financiera costosísima para tener algún tipo de escape. Yo no sé si las entradas a cine podrían ser consideradas un indicador de malestar social, pero cada vez se rompen más records de taquilla. Todos los años hay una película nueva que gana más, y casi nunca pasa un año sin que una película rompa alguna cifra. ¿Significaría eso que cada vez la situación está peor? No necesariamente. Puede deberse a que, cada vez, es mejor la capacidad para medir y por eso se inventan nuevas marcas. ¿Qué pasaría si, por ejemplo, hubiera una deficiencia alimenticia en toda la humanidad, suficientemente larga como para que la especie humana se encogiera y ya nadie pudiera batir los tiempos de atletismo? Seguramente se inventarían nuevos tiempos, y dejarían los anteriores a manera de datos curiosos, hasta que un productor, dentro de miles de años, decidiera hacer una película.
Las películas son la memoria de la gente actual. La memoria histórica y moral. En éste país serían capaces de volver a elegir a Pastrana como presidente. Deberían hacer una película de eso para que a la gente no se le vuelva a olvidar. Seguramente no sucederá. Si algún día hacen una película histórica de Colombia sería de cómo se derrotó a Sir Francis Drake. No importaría si alguien lo derrotó, y mucho menos si fue acá. Lo importante sería que esa persona sería protagonizada por quien sería el equivalente a Mel Gibson, y que al final de la película y antes de los créditos se mencionaran algunos hecho de la vida real de los personajes. Seguramente a Francis Drake lo acabaría matando Moby Dick, y con las imprecisiones características, seguramente el malvado capitán estaría viendo porno en la televisión de su camarote privado negligentemente en el momento del ataque de Moby Dick. Quizá, incluso, quisieron decir Nautilius en vez de Moby Dick, ya que era conducido por el francés capitán Nemo, momento en el cual habría simultáneamente un chiste sobre la cultura Inglesa y la Francesa. Deberían, en vez de eso, hacer una película sobre el bisabuelo de Tomás, que compuso el clásico villancico Tutaina,. Si la hicieran, probablemente él podría empezar a vivir como Hugh Grant en About a Boy. Seguramente también, le molestaría como al personaje de la película cuando las personas, al enterarse, la empezaran a cantar. Sin embargo, no es así. Él sonríe en silencio cuando cantan la canción, y solamente si está borracho declarará con orgullo que fue uno de sus ancestros el compositor de la tonada.
La peor película que he visto es sin duda, Spawn. En general me gustan las películas que son adaptadas de las tiras cómicas, pero esa definitivamente no me gustó. Actúa un colombiano llamado John Leguizamo. Por lo menos un descendiente de colombiano, o algo así. Una vez vi en un noticiero una entrevista a los familiares que todavía tiene acá. Creo que uno, inclusive, se mandó tatuar los mismos tatuajes que se había hecho el Leguizamo de Spawn. Eso lo vi en una de las amplias secciones de farándula que hay en la televisión. Yo creo que con las secciones de televisión se puede pensar lo mismo que con la industria del cine estadounidense durante la gran depresión. Son una distracción al alcance del pueblo para anestesiar la realidad. El cine no puede ser así acá porque la mayoría no puede pagar. En algunos sitios ni siquiera es problema de pagar, porque así quisieran, no hay, entonces toca anestesiar por televisión. Por eso hay señoritas que se dedican a mostrar las piernas y pueden vivir bien. Yo no me quejo. También me anestesian a mí. Lo importante es que el cine no es un anestésico para mí. No sé si en Estados Unidos sea así, pero yo no voy a ver películas para anestesiarme, ¿o sí?
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1. IN UTERO
CUADERNO TERCERO:
CUADERNO DE LOS MIEDOS Y DEMÁS INSPIRACIONES LEGÍTIMAS
1. IN UTERO
En la sala de una casa. Pachita, una niña de 10 años, juega con muñecas en la
mesa de la sala. Hay una mesa de comedor con varios papeles encima, y se
oyen ruidos que salen de la cocina. Suena el teléfono y Pachita responde.
Pachita: Aló.
Mario César: ¿Pachita?
Pachita: Sí. ¿Con quién hablo?
Mario César: Pachita, habla Mario César, su vecino. ¿Será que su mami está por ahí?
Pachita: Está cocinando.
Gloria(desde la cocina): Pachita, ¿quién es?
Pachita: Ese señor raro que vive en frente...el de los sombreros...
Gloria entra corriendo.
Gloria: ¡Ay, Pachita, por Dios! Déme el teléfono...
Gloria: Mario César, habla Gloria. Qué pena con ésta niña que no sabe ni lo que dice...
Mario César: No se preocupe, doña Gloria, a los niños siempre les causa gracia que use sombrero. Doña Gloria, Llamaba para ver si la puedo molestar con un favorcito.
Gloria: Desde que pueda, don Mario, con todo gusto.
Mario César: Es que tengo que salir a hacer una vuelta esta noche, pero no tengo con quién dejar a mi niño porque mi mujer está de viaje. ¿Será posible que Pachita venga y vea una película acá y me le eche un ojito al bebé mientras tanto?
Gloria: Ni más faltaba don Mario. No le digo que yo se lo cuido porque tengo que hacer una cantidad de cosas de papeles que no he archivado, pero con mucho gusto Pachita pasa a su casa y le cuida el niño. Además, con lo juicioso que es
ese bebé, no es ninguna molestia.
Mario César: No sabe cómo se lo agradezco. De verdad que no me demoro más de cuarenta minutos.
Gloria: No se preocupe. En todo caso, yo también estoy pendiente.
Mario César: Muchas gracias, doña Gloria.
Gloria: De verdad que no es ningún problema. Ahora lo tengo que dejar porque se me ahuma el arroz. ¿A qué hora necesita que pase Pachita?
Mario César: Más o menos en una hora. Yo me paso por allá antes de salir.
Gloria: Bueno, lo dejo que se me quema la comida.
Mario César: Listo pues. Nos vemos en un rato.
Gloria: Bueno...
Mario César: Gracias.
Gloria: No es problema.
Cuelga el teléfono.
Gloria: Pachita, ¿qué es eso de decir en frente del señor que es un tipo raro? ¿No le da pena? ¡Que vergüenza con el señor! Ayúdeme a poner la mesa que ya va a estar la comida.
Pachita: Mamá, pero si usté siempre dice que ese señor es rarísimo...
Gloria: Sí, pero a usté. Yo no lo ando diciendo por ahí. Tiene que aprender a ser prudente, mija. ¿Qué tal que la gente fuera por ahí comentando todo lo que se le ocurre? No, mijita, uno tiene que saber a quién le cuenta qué cosas. Apúrese con la mesa que ya traigo la comida.
ACTO II
En el apartamento de Mario César. Pachita colorea libros sobre la mesa central
de la sala, mientras la televisión está encendida, de espaldas al escenario, en un
noticiero. Hay librerías llenas de libros, una mesa de comedor, y a la vista dos
puertas. El comedor está separado de la sala por un sofá en el que está sentada
Pachita. Suena el teléfono.
Pachita: ¿Aló?
Gloria: ¿Y usté qué hace contestando el teléfono en casa ajena? ¿No le da pena?
Pachita: Pero si usté me llamó...
Gloria: Sí, pero, ¿qué tal que no fuera yo?
Pachita: ¿Entonces no contesto?
Gloria: No, ahora sí, pero porque yo le dije. Yo la voy a llamar para ver cómo le va, ¿bueno?
Pachita: Bueno.
Gloria: Y, ¿cómo esta el niño?
Pachita: ¿El bebé?
Gloria: Sí, mija, déjese de bobadas que tengo mil cosas que hacer. ¿Ha llorado?
Pachita: No.
Gloria: Bueno, pero me imagino que usté ha ido a ver cómo esta...si esta arropadito, si tiene frío, ¿no?
Pachita: No.
Gloria: ¿Cómo así, mija? Vaya y le pega una miradita y yo espero.
Pachita: Bueno.
Deja el teléfono sobre la mesa, guarda el lápiz en la cartuchera, ordena los libros, y sale por la puerta. Después de unos minutos entra nuevamente al escenario y toma el teléfono.
Pachita: Está dormido.
Gloria: Y bien arropadito y todo, ¿cierto?
Pachita: Sí, mami.
Gloria: ¿Y la carita? No le habrá tapado la carita...
Pachita: No, mami, tranquila que está boca abajo y entonces yo no le pude tapar la carita...
Gloria: ¿Cómo así que boca abajo? Mi mamá dice que eso es peligroso...ya voy para allá, mija...ábrame la puerta.
Pachita: Bueno. Chao.
Pachita cuelga el teléfono y se dirige a la puerta. Antes de que llegue golpean insistentemente y cuando ella abre entra Gloria rápidamente.
Gloria: ¿Dónde es el cuarto, mija?
Pachita: Allá.
Gloria sale de escena por la puerta que da al dormitorio. Pachita se queda en la sala y empieza a ordenar sus cuadernos.
Gloria: ¡Jueputa! ¡Este chino se murió!
Entra con el bebé en los brazos.
Gloria: ¡Ay, Dios mío! ¿Qué hago? Ilumíname Diosito lindo...No se me muera chino, mire que usté es paisa y a los paisas no los mata nada. ¿Pachita, y cuándo fue la última vez que el bebé lloró?
Pachita: No, mami, desde que yo estoy acá el bebé no ha llorado.
Gloria: Bueno, mija...hagamos una cosa: váyase para la casita, y se pone la pijama, y cualquier cosa si alguien pregunta, usté dice que era yo la que estaba cuidando al niño, ¿entendido?
Pachita: Sí.
Pachita ordena sus libros, y sale con parcimonia. Cierra la puerta
cuidadosamente.
Gloria: Ay, chinito, no se me muera...por favor quédese vivo unos minuticos más hasta que llegue su papá. ¡Jueputa! ¿Y ahora qué hago yo? ¿Será que está muy muerto el chino este? Yo voy a llamar una ambulancia y digo que dejó de
respirar.
Lo pone en el sofá sin mucho cuidado y el bebé cae al suelo. Lo levanta
rápidamente y toma el teléfono.
Gloria: ¿Aló? ¿Policía? Si, mire, es que mi vecino me dejó cuidando el muchachito, pero resulta que el mocoso como que ya no está respirando...sí, yo sé que llamé a la policía, sino que como en las películas llaman a la policía cuando alguien está enfermo...¿qué? ¿Cómo así que llamar al centro de salud más cercano? ¿No entendió que tengo un niño que se me está muriendo, güevón? No, no, no, señor agente, entienda que estoy un poco alterada. Le ruego me ayude a mandarme una ambulancia, que tengo una chinita y no tengo con quién dejarla. Sí, yo sé que es sólo por ésta...muchisimas gracias...mi Dios
se lo pague...en el barrio Las Cruces, las casas verdes que quedan sobre la 65, el interior 2.
Se mueve impacientemente de un lado a otro arrullando el bebé como si quisiera dormirlo. Habla sola, incoherencias durante un tiempo largo. Ve una botella de aguardiente, se sirve un vaso y se lo toma de un sorbo. Después de un rato se sirve otro. Finalmente llegan los paramédicos.
Gloria: Ay, gracias a Dios llegaron. Miren el chinito...yo no sé qué hacer...ayúdenme por favor.
Paramédico 1: Tranquilícese señora. Entréguenos el bebé y trate de calmarse.
Gloria le entrega el bebé al Paramédico 2, mientras que el otro intenta calmarla. Le quitan la ropa al bebé y lo examinan unos minutos.
Gloria: Ay, señores, ayúdenme por favor. Mire que mi vecino me dejó cuidándole el muchachito hace una hora solamente...no hace tanto que dejó de respirar.
Paramédico 2: ¡Uy, José, mire esto! A este pelaito lo asfixiaron...
José: ¿Cómo así?
Paramédico 2: Sí, pille estas manchas que tiene alrededor del cuello, y mírele la lengua.
Gloria: ¿Cómo así? Si yo ni siquiera lo toque antes de llamarlos...
Paramédico 2: ¿Hace cuánto lo está cuidando la señora?
Gloria: No sé, como una hora...un poquito más, de pronto.
Paramédico 2: ¿Y qué edad tiene?
Gloria: 32 años.
Paramédico 2: No, mi señora, el pelaito.
Gloria: ¡Ah! No sé, ¿como un añito? Señor, ayúdeme. Yo no le hice nada al niño, se lo juro...
Paramédico 2: No, mi señora, tranquila. Este chino se murió hace por lo menos 3 meses. Ya hasta está empezando a oler...antes no sé cómo no está oliendo más.
Gloria: ¿Cómo así?
Paramédico 2: Sí, mi señora, yo no sé quién será su vecino, pero a mi esto me parece muy raro.
Gloria: Pues, sí, la verdad es que sí es un tipo bien raro. Uno nunca sabe en qué anda ni con quién trabaja. Y tiene una señora que hasta de pronto también mató porque hace rato que no aparece por ahí.
Paramédico 2: No sé, pues a mi me va a tocar reportarlo a la policía porque esto está muy raro.
Entra Mario César.
Mario César: Quihubo vecina. ¿Y aquí qué pasó?
FIN
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8. LAS 7 ALCACHOFAS DE DON PEDRO
O la historia de la humanidad en una planta comestible
Era la primera cosecha de alcachofas de la huerta orgánica de Pedro García. Después de mucho bregar, había logrado cultivar sus primeras alcachofas sin pesticidas satisfactoriamente. Más fáciles habían resultado los rábanos, pimentones y el repollo, pero durante dos años había perdido 3 cultivos de alcachofas por causas diferentes. 7 no tan verdes, algo pequeñas y libres de químicos alcachofas eran el producto de los múltiples ensayos. Don Pedro las recolectó con sumo cuidado, y después de ser retiradas de la huerta empuñaba cada una a manera de trofeo. Resultaron tan significativas después de haber invertido tanto tiempo en el cultivo de alcachofas, que después de haberlas recolectado se sentó a verlas como el padre de una película frente al vidrio de recién nacidos. Empezó a notar las sutiles diferencias que había entre una y otra. Después de un rato identificaba cada una con facilidad y sin temor a equivocarse. Para poder referirse a cada una en particular empezó a llamarlas de maneras inequívocas, a veces por sus características distintivas, y otras de manera más simbólica. Pasó una por una, observándolas con atención, al punto que los nombres asignados en el proceso empezaron a representar una actitud particular de cada una. La manera como unas sencillamente estaban ahí, sobre el césped, despreocupadamente. Otras con ademanes de levantarse casi con intención de caminar. Unas más extrovertidas, y otras tímidas y calladas. Llegó finalmente a un punto en el que cada nombre parecía haber sido concebido para cada una en particular de acuerdo a su personalidad: La Negra, La Gringa, La Joya, El Ñuflo, El Gordo, Cielo y Costeño. Decidió rápidamente que no estarían destinadas al consumo de su casa porque sencillamente no sería capaz de comerse a La Joya como entrada o de ver a La Gringa y a El Gordo preparados en una sopa.
Esa misma tarde, las alcachofas fueron ofrecidas por un precio bastante menor al del mercado. Eso sí, don Pedro se ocupó de vender cada una a personas que tuvieran una buena imagen y que realmente apreciaran la alcachofa. No quería venderlas a personas que se decidían por ellas porque eran más baratas que los pimentones, o que la espinaca. Decidió, también, que las vendería de una en una, para que no tuvieran que soportar la tortura de ver cómo retiran del refrigerador a otra de la misma cosecha. Después de 5 horas, las alcachofas habían salido de la tienda de don Pedro. Jamás volverían a verse.
La Negra
La Negra fue la última en venderse. Dado su color, las personas probablemente imaginaban que estaba algo pasada, magullada o enferma. Realmente tenía ese tipo de pigmentos por la combinación de una estructura genética particular, con una combinación de luz bastante inusual, dado que el papayo producía una sombra que cubría los primeros rayos de luz en la mañana, por lo que no lograba compensar las bajas temperaturas de la sabana. Fue adquirida finalmente por una mujer de edad avanzada, que seguramente tenía ya problemas visuales y no se percató del inconveniente que los demás compradores habían visto en ella. Era una mujer fuerte a pesar de los años. Caminó sin detenerse, aunque a paso lento, la distancia entre la tienda de don Pedro y el pueblo más cercano. Don Pedro no parecía conocerla a pesar de la conversación que precedió la transacción de la verdura sobre la manera como habían cambiado los cultivos de la zona, y tampoco parecía ser de la región porque en repetidas ocasiones se topó con pequeños grupos de locales por los cuales pasaba inadvertida. Llevaba en las manos un canasto pequeño en el cual había introducido a La Negra, junto con un recipiente desocupado y con rastros de comida y una tela larga.
El poco cabello que tenía lo llevaba largo y en una trenza. Llevaba un sombrero y una ruana y un vestido verde que aparentaba llevar con ella tantos años como las arrugas de la cara. A la vista del público estaban sus pantorrillas, notablemente diferentes de las que pertenecían a las mujeres de los calendarios de la tienda de don Pedro. Tenían el rastro del uso, como cualquier extremidad que ha sido utilizada. Esas piernas habían sostenido y transportado por varios años el ahora encorvado cuerpecito de la compradora de alcachofas negras. Al llegar al pueblo la mujer se dirigió a la plaza principal. Pasó por la esquina en la que en otras épocas solía haber un expendio de chicha, y que se caracterizaba por ser el punto de encuentro de los militantes del partido liberal. Ahora el lugar había sido reemplazado por una miscelánea en la que se vendían copias de productos estadounidenses y punto de encuentro necesario para todos aquellos locales interesados en pertenecer a las vanguardias dictadas por las plazas principales de la moda. Los teóricos que estudiaron la globalización jamás llegaron a estudiar la apropiación de marcas internacionales en pequeñas poblaciones tercermundistas, y las diferencias en tendencias de Milán, a Cota, por ejemplo.
Esas tendencias, sin embargo, parecían no importarle a Rosa, quien con una alcachofa negra, orgánica, parecía estar más al tanto de las corrientes internacionales que el resto de la población local. Su alcachofa negra, con sus ropas de lana y algodón puros, y el canasto que llevaba en las manos eran dignos de las corrientes ambientalistas del primer mundo, y el de ella habría sido un día corriente para cualquier persona de una ecoaldea inglesa, por ejemplo. Doña Rosa parecía no interactuar con la humanidad. Su ser era sencillamente invisible para todas las personas que ella se había topado en el camino, y ella parecía habitar un universo paralelo en el que las personas no pertenecían a la realidad. Continuó con su paso lento y seguro a través de la multitud. Hacía dos décadas había dejado de asistir a las celebraciones religiosas que por esos días saturaban las calles con gentes vestidas en sus mejores ropas, íconos religiosos y sobre todo, oraciones que eran repetidas mecánicamente por las masas en una voz común.
Como un fantasma la anciana de paso lento y cabellos blancos pasó de un lado a otro de la procesión hasta detenerse en una puerta roída por los años. Al estar frente a la puerta pareció iniciar ella su propio ritual, milenario y sagrado que a pesar de no ser idéntico en cada ocasión tenía definitivamente una unidad. Puso el canasto en el suelo, entre sus torcidas piernas. Con el brazo derecho hizo un movimiento corporal que resultó en su dorso libre del calor de la ruana. Un manojo de llaves oxidadas salió de su mano izquierda hasta la puerta, sobre la cual debió recostar todo su cuerpo para abrirla en dos tiempos. En cuestión de instantes su encorvado cuerpecito se encontraba recorriendo un corredor como si guiara ella misma una procesión. Al haber salido del corredor entró en una oscura cocina llena de hollín en la que había una rústica mesa de madera sobre la cual puso el canasto, y una antigua estufa de leña en la cual había aún rastros de una última cocción. Después de unos cuantos periódicos viejos y unos troncos gruesos de árbol, se empezó a hacer cada vez más evidente el destino de la alcachofa negra.
A nadie le importó encontrar una alcachofa negra deshecha entre las aguas. El cuerpo de Doña Rosa yacía inerte junto a la estufa. Quienes la recordaron en la aglomeración de vecinos presentes al forzar la puerta dijeron que en su juventud había sido la mujer más hermosa del pueblo. Algunos resultaron sorprendidos al saber que Rosa, hasta ese día, no había muerto.
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7. APASIONADAS INVESTIGACIONES PARANORMALES
Demostración empírica del método comparativo estructuralista
Laszlo Kabay dedicó su vida entera a estudiar matemáticamente las explicaciones paranormales de culturas no occidentales para los fenómenos naturales y demás analogías de la causalidad. A los 13 años de edad logró encontrar una relación matemática entre la manera como caían algunos mamíferos cuadrúpedos y la estacionalidad en las lluvias, de manera que logró explicar con asombrosa precisión entre sus conocidos sus impredecibles viajes para no estar presente en los grandes aguaceros. Su curiosidad no se quedó ahí. Años más tarde distribuyó entre sus amigos una serie de ecuaciones a partir de las cuales era posible predecir con detalles inimaginables la cantidad de nacimientos que habría en un año a partir del número de calvos que hubiera en una población. Uno de los últimos trabajos que logró escribir y distribuir entre el grupo de estudios matemáticos de su colegio fue uno en el cual estudiaba la intensidad del color de una planta con el número de individuos que habría en un ecosistema particular. Sus trabajos fueron creciendo en complejidad, y cada vez tenían menos aceptación dentro del grupo de estudios ya que relacionaban variables evidentemente inconexas y arbitrarias. Algunos ejemplos de ello eran los colores de las pinturas más costosas en un momento dado de la humanidad con el número de muertes violentas en otro momento particular, o la relación que hay entre el número de dígitos impares que hay en la totalidad de los billetes ganadores de lotería en Alemania con la cantidad de revistas pornográficas en blanco y negro que se publicarán en un determinado país.
Dicen, quienes lo conocieron, que su método fue creciendo cada vez más, y que llegó a no tener que someter sus hipótesis a la corroboración empírica. Sus ecuaciones pronto empezaron a producir resultados que a su vez eran objeto de nuevas asociaciones. Cuentan que en una ocasión habló de la relación que existía entre el tamaño de la nariz de un escritor y el número de vocales abiertas que utilizaba cada cien palabras. Fue ampliamente consultado por figuras esotéricas del mundo entero que llegaban a sus puertas en aras de perfeccionar sus técnicas para leer el futuro. Algunos estudiosos trazan hasta él algunas técnicas de lectura de manos o las ecuaciones de Ramanujan.
Una de las particularidades de su técnica es que no solo lograba deducir eventos futuros a partir del estado actual, sino que era capaz de inferir estados anteriores a partir de minúsculos detalles con gran precisión. Dada una configuración de hojas en un árbol le era más que evidente quién había resultado ganador en un enfrentamiento deportivo, o incluso dada la posición de la basura de una calle en Nueva York lograba narrar sin consultar a nadie, y sin salir de su hogar, la situación política de las últimas tres décadas en cualquier lugar del globo.
En una de sus biografías, escrita por su amigo personal, se cuenta cómo en una reunión cualquiera frecuentemente empezaría a discutir con gran naturalidad ejemplares completos de obras conocidas por la humanidad hasta el incendio de Alejandría o avances científicos que aún estaban por venir. Hablaba fluidamente de la infancia de Platón, de la arrogancia de William Shakespeare, y después de tomar algunos tragos le era imposible ocultar su fascinación por una campesina inglesa medieval.
Hay quienes sostienen que Laszlo Kabay jamás existió. Sin embargo son tan disímiles y tan detalladas las historias que hay en torno a él que no queda más remedio que aceptar que, si bien no se puede demostrar satisfactoriamente que existió, tampoco ha sido posible una demostración por contradicción. Hay quienes dicen que fue él mismo, gracias a sus conocimientos alternativos quien decidió poner en duda todo el conocimiento occidental a través de su existencia. Otros, menos fanáticos, sugieren que fue evidente para él que su existencia sería, tarde o temprano cuestionada y por ello desapareció sin dejar rastro. Lo cierto es que es una duda a la que ni siquiera el internet saber cómo responder.
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6. DOBLE CRÓNICA DE UN CELULAR EN AGONÍA
La verde luz que indicaba la cantidad de poder disponible en la batería del teléfono ceular cambió a un rojo pálido que más parecía ser color crema que un color relacionado con el escarlata. Hacía tres días apenas había cometido el error de no conectar el aparato por la noche a la electricidad, y se había dado cuenta que la pila no duraba mucho más del medio día siguiente. Era realmente un milagro que quedara algo de vida en el aparato para ese momento, aunque claro, lo había apagado la noche entera para que su madre no la pudiera localizar por lo que debía, cuando menos, durar unas seis horas más. ¿La llamaría?
-Esmeralda, te toca.
-Yo sé...y no me gusta que me digan así.
- Pero si es tu nombre.
- Pues sí, pero prefiero que no me digan así. Prefiero Juana, que también es mi nombre.
Dejó a un lado el teléfono, e indicó su jugada. Realmente no le gustaba jugar Risk. No sabía por qué había aceptado la invitación a ese estúpido lugar, en el que no había un miserable cargador para el Nokia en el que debía recibir la llamada de aquel ser. Lanzó los dados una y otra vez, hasta que su turno fue suficientemente largo y complejo como para que sus contrincantes no la acusaran de no querer jugar. Habría disfrutado si en el Risk existiera la posibilidad de retirarse a un escondido paraje para subsistir la ocupación de otro país. En todo caso sabía que no tenía una buena opción, pues su color ser dispersaba por los lugares menos estratégicos del mapa mundial: Algunos al noreste asiático, dónde se veía atacada por fuego cruzado entre los dos colores más prominentes en el tablero (el negro ocupaba ya casi la totalidad de Asia y el azul por el que ya reclamaban los ejercitos extra de Norte América); otros, al norte de Africa, donde naturalmente iba a morir pues cada vez se aglomeraban más de quién pretendía controlar el continente, y se hacía evidente la necesidad del color café de salir a pelear su opción a través de Europa. Los pocos ejercitos que gozaban de relativa tranquilidad eran los de América del Sur, territorio en el que ningún otro color parecía tener interés. En los innumerables partidos de Risk que había debido soportar, jamás había ganado alguien que conquistara en primer término Sur América. Reclamó una tarjeta por su victoria de poca monta, y se detuvo a pensar que el mundo estaba completamente al revés con respecto a la situación mundial actual. Sonrió cínicamente al imaginarse los altos mandos del pentágono reunidos en torno a una mesa relativamente similar, esperándo detenidamente el resultado de su más reciente acción. Cuando por fin había logrado concentrarse en algo más, la interrumpió el sonido del celular. Era su mamá.
- Hola mami...sí, sigo acá...donde Mari...sí, nos vamos a quedar acá. Se me está acabando la pila del celular, no me llames más. Un beso. Chao.
Después de colgar el celular sonó por segunda vez el incómodo ruidito con el cual el celular le recordaba que tenía solamente unos minutos más de vida. ¿Por qué no la llamaba? Ella definitivamente no lo iba a llamar a pesar de que sabía que estaba en su casa. Habría preferido no saber del todo en dónde estaba para poder pensar que tenía un motivo importante para no llamar. Pero no. Estaba en casa, seguramente tirado en un sofa, viendo televisión y jactándose de los logros de la noche anterior.
- Voy a ir por algo de comer, ¿alguien quiere algo?
- Yo voy contigo, Mari.
- Tranquila Juanis, yo te traigo lo que quieras.
- No, yo quiero ir a ver de qué me antojo.
En la cocina quedaban apenas sobras de la comida. Unas cuantas rodajas de pizza, algunas reminicencias de barras de chocolatina, que sus amigos se habían resistido a comer completamente con el argumento de no querer engordar, y varias latas de Coca Cola light.
- ¿Te puedo robar una fruta, Mari?
- Claro. Coge lo que quieras. Las frutas están en la nevera.
- Gracias. Uy, ¿te puedo robar un quesito de estos?
- Juanis, coge lo que quieras. Eso sí, deja uno para que mi hermanita tenga qué llevar al colegio.
- No, ahí quedan hartos.
- Oyeme, ¿cómo te fue ayer? ¿Finalmente saliste con ese tipo?
- Pues fuimos a cine y después a comer algo.
- Y...¿qué tal?
- Normal.
- ¿Normal? Maldita...ese tipo siempre te ha fascinado a ti.
- Sí, pero tiene novia.
- ¿Pero no había terminado?
- Pues creo que sí, yo no sé bien. ¿Cómo supiste que había salido con él?
- Me contró Javier Estrada, que es amigo de él.
A diferencia de sus amigas odiaba contar con todos los detalles lo que sucedía cada vez que salía con un hombre. De hecho, le molestaba un poco la manera como ellas divulgaban las intimidades de sus novios o compañeros sexuales de manera tal que era inevitable reírse de ellos al siguiente encuentro. Probablemente, en todo caso, era mejor lo que hacían sus amigas. Rara vez se les notaba deprimidas porque un hombre no las llamara, y jamás habían parecido tener problemas superando la ausencia de un hombre. Eran rápidamente reemplazados por el siguiente de manera que la situación siempre permanecía estable: un montón de mujeres hablando de miembros grandes, pequeños y precoces. A ella le molestaba realmente que jamás pusieran en duda siquiera su papel dentro de cada una de las relaciones. Sonó nuevamente el celular. Batería baja, decía en su pantalla mientras con un destemplado sonido reclamaba al mundo ser conectado a la corriente. Desafortunadamente no había un cargador en la casa para asegurar la disponibilidad de Juana en caso de que alguien decidiera llamarla y salvarla, así, de una noche más en compañía de sus amigas. Generalmente las toleraba bastante, pero esa noche no estaba para oír las mismas historias de siempre. Las había oído cada noche en la que coincidían todas ellas, y se las sabía de memoria. Incluso sabía de memoria el tono con el que decían cada palabra, y estaba más que familiarizada con la manera como se detenían en un punto de la historia para generar mayor expectativa.
- Juanis, te están atacando – dijo una voz desde la sala.
- Que alguien juegue por mí mientras llego.
- ¿Segura?
- Sí, segura. Ya voy, pero para que no tengan que parar, que alguien tire los dados por mí.
- Bueno.
El celular envió una nueva voz de alerta. Cada vez se hacían más frecuentes, y a medida que pasaba el tiempo era más evidente que el celular no aguantaría una larga conversación en caso de que alguien llamara. Juana, de hecho, pensaba que la batería no sería suficiente siquiera para contestar en caso de que alguien llamara. Sin embargo, mantenía la esperanza de ver en el identificador de llamadas el número de ese canalla. Su tiempo, como la batería del aparato, se agotaba.
Mientras Juana servía un vaso de jugo, el celular soltó lo que pareció ser un último grito. Tres tonos, cada uno más destemplado que los otros, cortados súbitamente.
- Juanis, te mataron – dijo una voz desde el otro cuarto.
- Yo sé – respondió ella sin mucho interés.
El celular había muerto.
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3. RECORRIENDO EL PARANÁ
Recordando a Felipe Spath
Cuando lo conocí me pareció un idiota. Recuerdo que llevaba un saco negro con rombos de colores, el pelo largo, y su característica sonrisa con la que le comunicaba al mundo que estaba preparado para asimilar prácticamente cualquier cosa. La desmesurada apatía que sentí por aquel ser se debía probablemente al caluroso abrazo que le dio Adriana al verlo. Habíamos ido a la universidad Tomás, ella y yo para entregar los documentos necesarios para solicitar un cupo en las respectivas disciplinas, cuando vimos la distraída figura de Felipe frente a la puerta del decano de Admisiones de la Universidad. Con su clásica despreocupación nos contó que había perdido el ICFES el día mismo que se lo habían entregado, y que por eso necesitaba pedir un plazo hasta que la eficiencia de las oficinas públicas colombianas (algo tan probable como un eclipse total de luna) hiciera llegar una nueva copia de sus resultados. Explicó que gracias a una gran cantidad de alcohol, no recordaba el lugar que había destinado al papel que, en su momento, marca el destino de todos los jóvenes colombianos. Yo sencillamente no podía entender cómo alguien era a la vez tan idiota como para perder ese papel (que yo había cuidado el pasado mes como a mi propia vida), y tan torpe como para contarlo en público, a un desconocido como yo. Menos aún cabía en mi cabeza que la mujer en la que yo había intentado, en vano, despertar algún tipo de interés se sumergiera, maravillada en una mirada de asombro ante un idiota como éste. Lo odié en su momento. Sentí celos, fundamentados, ya que como me enteraría mucho más tarde sería Adriana la única mujer en la que habríamos de coincidir, no por cuestiones de moral, sino por incompatibilidad de gustos.
Hoy lo recuerdo. Es su cumpleaños. No lo voy a ver y probablemente no lo haga en mucho tiempo. Mientras yo recorro en un bus los múltiples kilómetros que separan a Río de Janeiro con Buenos Aires, él disfruta de la mejor vida que ofrece la calurosa ciudad de Miami. Seguramente él recorra estas tierras en algún momento, posterior a mi paso y de una manera muy diferente. Seguramente él se detenga en todos los pequeños pueblos en los que está parando éste miserable bus, por no haber esperado un día más y salir en un directo. Seguramente él sepa si la carretera va hacia el sur, o algún otro punto cardinal y registre el nombre de cada uno de los pueblos que hay en el camino. Es más, seguramente él sepa de una carretera alterna, más demorada, desde la que se pueda ver mejor el paisaje. Cuando viajamos por la Zona Cafetera colombiana, desde Cartago hacia Cali él pretendía tomar una vía alterna, so pena de entrar en territorio de combate para poder observar el valle del río Cauca desde más alto. Concesión que me habría importado poco, ya que en los viajes disfrutábamos ceder la planeación del cronograma a quien estuviera dispuesto a tomar la iniciativa. Extrañamente, era esa su forma de vida. Sus periodos prolongados de estadía en algún lugar no estaban marcados en ningún momento por el momento de llegada o de partida. A diferencia de antiguos viajeros, a él le hacía poca diferencia reconocer en el firmamento una constelación, poder hablar la lengua, o incluso reconocer los caracteres para denotar una cantidad. Fuera un año o un mes, su actitud era siempre la de transitar. Visitante incluso de su ciudad local, en ocasiones le era necesario salir con el único objeto de volver a entrar. Viajes de un día fuera de la ciudad eran la mejor excusa para invitar algún desconocido y volver al origen con la tranquilidad de haber depositado sus siguientes experiencias en alguien radicalmente diferente a él. De ésta manera se hacían frecuentes los relatos de francesas que conoció en el paradero de un bus que lo llevaban a un clandestino bar de la ciudad, bautismos en una comunidad Wayú, taxistas que conducían la ceremonia del yahé, policías hermosas que le perdonaban la cárcel en Jerusalem y actrices veteranas con las que a los 13 años perdió la virginidad. En el bus es difícil dormir. Es un poco mejor el servicio, en toco caso, que los buses en los que viajé de Orlando a Yellowstone, pasando por Denver y Duluth en compañía de Dumpa y Lina, la novia de Michel. Recuerdo a Lina en éste momento, porque era, además, novia de Sofroni, el mejor amigo de Spath. Sofroni era una menuda figurita proclive a la consumición de psicoactivos, que por lo demás, resultaba en términos prácticos la clonación de uno de mis mejores amigos del colegio: el personaje universalmente conocido como Dumpa. Entonces, yo soy amigo de Dumpa. Lina era la novia de Michel. Yo soy amigo de Michel. Sofroni era amigo de Spath. Sofroni era a Dumpa prácticamente un clon. Sofroni era novio de Lina, pero Lina era novia de Michel. ¡Qué enredo! ¿Por qué diablos terminé yo pensando en todo esto? Ya recuerdo. El problema lógico se soluciona con la siguiente afirmación. Sofroni odia a Michel. Sofroni odia los amigos de Michel. De modo que, antes de haber hablado con Felipe Spath, y por simple transitividad, yo odiaba a Felipe Spath. Y todo, ¿por qué? Por las malditas mujeres. Lina, una mujer con tanto amor que era realmente imposible hacerle un reclamo de ésta situación. Naturalmente, Lina ya no habla con Sofroni ni con Michel, pero sí con Felipe y conmigo. Realmente hablamos Lina y yo, sobre Felipe, o Felipe y yo, sobre Lina. No me consta que Felipe y Lina hablen, pero ante semejante ejemplo de transitividad cultural, ¿qué más da?
De cualquier forma, siempre es más seguro ir en el bus que en un auto conducido por Felipe Spath. Recuerdo que después de haber sido su copiloto en una infinidad de ocasiones tuvo a bien comentar que era prácticamente ciego de un ojo, y que no veía absolutamente nada sin las gafas que había perdido en la India. Claro, no se puede esperar mucho de la visión de alguien después de adquirir el paquete de salud de Nueva Delhi que incluía por 3 dólares una solución a los problemas de vista y de odontología, mucho menos si está oscuro, y peor aún si se trata de Felipe Spath, siempre en directa conexión con la madre naturaleza. Sus desventurados pasajeros debían, además, sufrir las particulares iniciativas que despertaban en éste ser dichas condiciones, ya que le producía una desmesurada satisfacción el apagar las luces y conducir en la penumbra total, para ver las estrellas. Fue así como en la carretera que va a la casa de Adriana, en Guaymaral, un día confundió una caseta de celador con un perro de buena estirpe, al cual estuvo a punto de atropellar.
Se entiende algo de tan particular manera de afrontar el mundo al conocer su núcleo familiar. Si se quiere una buena demostración de los avances en la concepción moderna de la materia a través de ésta analogía, definitivamente el mejor ejemplo es su núcleo familiar. Así como la química moderna dicta que la órbita es el espacio donde es más probable encontrar un electrón, podría decirse que la casa es el espacio donde seguramente hayan pasado, o vayan a pasar los descendientes de Luis Spath. En todo caso esto no constituye nada más que una probabilidad, pues tras un viaje de casi 18 meses por Egipto, India, Alemania, España, Israel, y Norte y Centro América, le fue demandada una explicación por la empleada del servicio al llegar a su hogar.
- ¿Quién es usted?-
- Soy Felipe. Vivo acá.-
- No señor, debe estar equivocado. Esta es la casa de Luis Spath.-
- Por eso, él es mi papá.-
- Pues si quiere siga, pero eso sí, yo no sé.-
Los pueblos de Brasil no tienen tantos perros como los colombianos. De hecho, en éste viaje me he dado cuenta que esa es una de las diferencias fundamentales de Brasil con el resto de Suramérica, ya que en las demás ciudades que he conocido los perros son fieles compañeros del subdesarrollo y transitan libremente por las capitales hispanoaméricanas. Necesariamente el mejor reflejo de las dinámicas familiares, es el único ser que siempre está sujeto a todos los incidentes que acontecen en el hogar de los Spath: Zuco. Un hiperquinético y claramente esquizofrénico Rhodesian Ridgeback que generalmente era dejado a cargo de la casa con un bulto de alimento suficiente para el tiempo que fuera a estar sólo, servido en una única y gigantesca porción que él debía administrar. El grupo familiar era complementado por Luis, el padre, Andrés, el artista, y Nicolás.
No sé cuándo se detendrá nuevamente el bus. Las paradas son en estaciones de servicio de la misma compañía en la que viajo de modo que no hay muchas posibilidades de conocer los pequeños pueblos brasileros. No son lugares muy apropiados para realmente disfrutar una parada, de modo que los altos en el camino son meramente rutinarios. Lo más parecido en las carreteras colombianas son los impersonales y populares establecimientos llamados Parador Rojo. Sin ánimo de ser una alegoría comunista, se reúnen gran parte de los viajeros de las carreteras cafeteras ignorando la inmensa variedad y cultural de la que se puede disponer en lugares más tradicionales, donde se encuentren toda clase de pasteles exquisitos de dudosa procedencia y con un sinnúmero de ingredientes fundamentales que estimulan la biodiversidad de la fauna intestinal. Recuerdo en particular la tienda de la esquina de Usaquén, a tan sólo unas cuadras del particular hogar de los Spath. Una pequeña tienda de pueblo en la que atendía una tierna y pícara viejita que siempre intentaba embaucarnos con sofisticadas explicaciones sobre el incremento en el precio de la cerveza. Largas discusiones en las cuales dictaminamos las mejores horas para tomar cerveza en la semana: si en Alemania algunos doctores recomiendan a las mujeres embarazadas beber una botella de cerveza diaria, ¿por qué no podríamos nosotros comenzar la semana tomando el sol en los troncos de la entrada, hablando una vez más sobre las dificultades conyugales de las que usualmente estábamos exentos? ¿Por qué no, una fría y refrescante cerveza justo después de haber llegado a la iluminación en una clase de yoga? Realmente es una de las cosas que más se extraña acá en el Cono Sur. El desmesurado consumo del mate reemplaza completamente la formación de lazos afectivos a través del hábito cervecero. Me encantaría parar en alguna de estas tiendas a tomarme una cerveza, y sentarme a tomar el sol como los nativos que se ven en los andenes. Los adultos descansan, y los jóvenes juegan fútbol. La verdad es que no sé que diablos va a hacer Felipe cuando venga a Brasil, si no le gusta el fútbol. Además no sólo no le gusta, sino que debe ser un completo animal para jugar. Peor que no jugar del todo, debe ser jugar mal. Y claro, evidentemente una persona que se aventura a versear vallenatos en la tierra del contrabando no va a tener ningún problema en golpear con fuerza y sin estilo un balón de fútbol. Supongo que será la burla más grande del lugar desde Lévi-Strauss, el zoquete que no sólo fue estafado por un niño de 4 años sino que además lo cuenta con orgullo en lo que pretende ser su obra maestra. Afortunadamente ni a Felipe ni a mi nos crece barba, y no podremos cumplir con los requisitos básicos para ser tomados en serio en el mundo de la antropología. Es uno de los dos requisitos básicos para ser tomado en serio en el ámbito académico de esta disciplina. El otro, naturalmente, como lo demuestra Lévi-Strauss en su aburrida alegoría autobiográfica, es ser un completo idiota. Éste requisito, probablemente, sea el único que cumplimos Felipe y yo, y por lo cual logramos graduarnos como Antropólogos.
Algunos de nuestros profesores en la universidad cumplían cabalmente con los requisitos: tenían barba y eran idiotas. Una clara excepción, para los dos, era el menudo y malgeniado Moralitos. Fue probablemente en una de sus clases en la que dejé de odiar a Felipe. La clase era en el último piso de un bloque inevacuable en caso de emergencia, que por sus estrechas y largas escaleras generaba una aglomeración de muchedumbre que no dejaba llegar a tiempo al encargado de la cátedra. En la espera, ¿qué más podríamos hacer sino hablar, algunas veces, al calor de un arrugado y rellenado cigarrillo pielroja? Siempre empezaba en el momento justo. Ni mucho antes de que hubiéramos hablado lo suficiente, ni tan tarde como para que ya no tuviéramos de qué hablar. Divertidas horas de mágicas historias aparentemente inconexas de un hombre que había caminado por todo el país. Contaba cómo había estado encarcelado en un pueblo por allá, los rituales de éste otro lugar, y complementaba con agradables historias de cómo su hijo Lorenzo (amigo nuestro) se hacía pipí en la cama de pequeño. Otras veces llegaba a clase con toda clase de extraños vegetales, y a quien dijera el nombre correcto le propinaba un lanzamiento digno de Joe Montana. Felipe tuvo la buena fortuna de adivinar el nombre de una leguminosa de poco peso, pero no así el estudiante de artes que de manera ingenua y casi inconsciente gritó “calabaza” cuando el profesor levantó un fino ejemplar de ésta especie. Hicimos, para esa clase, lo que probablemente fue el texto del que más orgullosos nos sentimos en toda la carrera. Una inconclusa y poco interesante investigación sobre las comidas nacionales colombianas. En otras palabras, una aplicación del método comparativo al ajiaco y el sancocho. Una ilustrativa (y claramente primera) aproximación al trabajo antropológico que nos permitió encontrar dos grandes fenómenos que causaron en nosotros una gran fascinación: la alteridad, y la culinaria. Así, a partir de entonces, fue una parte fundamental para los dos conocer culturas a través de la comida, aunque definitivamente sí fue necesario pasar antes por desafortunadas coincidencias de la bioquímica animal y vegetal para encontrar algo similar a la buena sazón.
Sin darse cuenta, Jorge Morales fue para nosotros una especie de mentor. En ese momento los dos estudiábamos ingeniería y parecíamos estar contentos. Después del primer y desafortunado encuentro en el que él intentaba entrar sin ICFES a la universidad, nos habíamos encontrado (unos semestres antes de encontrar a Jorge Morales) en clase de Álgebra Lineal, cátedra a cargo de un ruso llamado Vladimir: un espigado matemático que sabrá Dios por qué vino a dar a Bogotá, que entre las muchas curiosidades que hizo en todo el semestre se caracterizó, en mi experiencia personal, por dos. La primera, hablar durante la clase que debía ser sobre los métodos de Lagrange, sobre la influencia que tuvo el árabe sobre las lenguas romances. El segundo, tropezar accidental y bruscamente con mi pierna recién operada. Era evidente que no sería en clase de éste derrotista bolchevique que se forjaría una amistad.
Viajará algún día por éstas tierras Felipe Spath y tendrá historias múltiples para complementar ésta narración. Convergerán nuestros caminos, sea en pleno viaje o en alguna ciudad. Iré a buscarlo al aeropuerto como él me llevó a tomar mi avión hacia Indonesia. Fue la última persona suramericana que vi, y fue a su lado que vi por última vez con vida a mi papá. No sé si las amistades se forjan por momentos, o si los momentos se forjan por las amistades. Entiendo, eso sí, que la gente hace al lugar.
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1. DIARIO DE UN PERRO HIPERMÉTROPE
Federico era un Rottweiler. Parecía normal por todo lo demás, salvo por su acentuado problema visual. Federico tenía hipermetropía. Probablemente se habría dado cuenta de su defecto si hubiera sido un humano, pero la evolución había dictaminado que tanto él, como sus ancestros no necesitarían de inteligencia para adaptarse adecuadamente a su entorno. Las horas de juego con su amo le propinaban un fuerte dolor de cabeza por la concentración que debía tener al correr alrededor de la sala y entre los muebles. Usualmente tropezaba con los objetos pues media muy mal las distancias, y ante la torpeza que significaba tener problemas de vista solo podía responder con los mecanismos de comunicación con los cuales lo había provisto la naturaleza: ladrar. Sus dueños lo consideraban un perro noble, pero torpe. Vivían en una casa amplia que cada vez tuvo menos artefactos inadecuados para un perro hipermétrope. Jarrones y floreros, y mesas pequeñas e inestables habían fenecido tan pronto Federico había alcanzado los 7 meses de edad, y los equivalentes 40 kilogramos que su edad suponía. En principio la torpeza se le atribuyó al hecho de que crecía desproporcionadamente. Era un perro particularmente grande de constitución incluso para ser de su raza. El resto de la población canina del hogar estaba conformada por un viejo animal, cruce de perro salchicha con french poodle miniatura que respondía al nombre de Tarzán, y una cocker spaniel llamada Eloisa a quien ya se le notaban los años. Tarzán había sido el amo y señor de la casa durante muchos años. Llegó a la casa a los tres meses, y era el producto de un embarazo no deseado. El pobre animal resultaba tan sencillamente ilógico que los dueños de su madre llegaron a discutir la posibilidad de abortarlo. Fue el hijo único de la unión entre una perra salchicha de competición, campeona de los últimos 6 shows en los que había participado, con el perro que había adoptado el vigilante de la cuadra. Pocos sabían que en realidad el padre había sido igualmente elogiado en múltiples exposiciones alrededor del mundo y que había llegado a Colombia procedente de Bruselas con una familia de diplomáticos franceses y que había escapado de la casa tras un robo a mano armada. A pesar de haber nacido en Francia, sus ancestros eran alemanes. Había sido de una camada especial comprada en su totalidad por un barón español para su residencia parisina, por lo cual todos habían sido nombrados Barón, de uno a siete según la contextura física. Había llegado a manos de los diplomáticos franceses como regalo especial del barón a su primer hijo, no porque fueran buenos amigos del barón, sino porque la camada de perros se había convertido en un problema para éste. Su constante necesidad de peluqueros, y su particular afición por hacer malabares en los antiguos sillones de la sala principal habían hecho de ellos un problema, por lo cual cuanto niño entrara en la residencia salía con su respectivo barón. Al cabo de un año la camada de poodles había sido reemplazada por una raza especial de terriers que en algún momento estuvo reservada para la realeza inglesa. El barón personalmente se encargó de cerciorarse que no fuera una raza con afición por el agua; los poodles habían causado molestias inauditas en sus almuerzos campestres por saltar acrobáticamente en el lago ornamental. El obeso barón quiso asesinar el odioso veterinario francés que le dijo que era culpa de él por no informarse mejor sobre las razas, porque el nombre poodle venía precisamente de una palabra en alemán que significa splash. Barón tercero había llegado a Colombia a los 6 años de edad. Había participado en múltiples exposiciones caninas en toda Europa y en tres estadounidenses siempre llevándose el galardón de campeón. Era un perro obediente, y sabía caminar y posar como ningún otro perro de exposición. Tenía porte y elegancia, y era cariñoso con sus dueños. Ellos debieron verlo salir, amarrados en el suelo, batiendo amigablemente su colita tras los ladrones. Los siguió tres cuadras, se baño en el caño del parque y finalmente caminó hasta una pequeña caseta de la que salía un llamativo olor. Jamás volvió a usar una correa, y tuvo libre entrada al antejardín de todas las casas del lugar hasta el día en el que nació Tarzán, cuando la casa más cercana a la caseta donde vivía fue adecuada especialmente para que no pudiera entrar. Murió a los doce años, en boca de un antiguo rival, con el pelo enredado y sin bañar. Nadie supo nunca en el vecindario que se ofrecía una recompensa de siete mil dólares por devolver a Barón III. Monina era toda una promesa en las exposiciones caninas. Había llegado de México, procedente de un criadero de Costa Rica. Tenía apenas 2 meses cuando llegó a Colombia y desde su primera aparición en un dog show cautivó tanto la audiencia como los jurados. Sus amos, al ver las oportunidades que representaba un perro campeón, se empeñaron en consentirla. Vivía extremadamente cómoda, y para ser tan sólo una cachorra gozaba de una infinidad de beneficios dentro de la casa. No había un lugar que le fuera prohibido, y jamás puso una pata fuera de la casa sin tener supervisión humana, salvo en una ocasión. A los 7 meses disfrutaba de sus primeras victorias en categoría de cachorros. Extenuada después de un baño fue dejada a su libre albedrío mientras la empleada salía a recibir un nuevo cilindro de gas. La perrita tuvo su primer y único contacto con un ser de su especie sin ser supervisada por un humano ese día. Mientras la empleada supervisaba el cambio de cilindro realizado por el operario, Monina salió a estrenar el duodécimo día de su primer celo con tan mala suerte que la puerta del jardín había sido cuidadosamente cerrada por la empleada. Las rejas eran lo suficientemente pequeñas como para que un perro Dachshund no pudiera salir ni un perro French Poodle pudiera entrar. Eran, eso sí, lo suficientemente grandes como para que Monina y Barón III consumaran ahí mismo su amor, en un incómodo y público coito que dejó al macho con una de las patas traseras inflamadas durante una semana, y a la pobre de Monina con un embarazo no deseado por esconder de su familia. Unas semanas más tarde, nacía Tarzán. Hijo único de ésta camada indeseada y sorpresiva ya que los dueños de Monina se enteraron apenas una semana antes del parto que ella estaba embarazada. Tarzán, de sangre azul y engendrado a través de una reja, fue regalado a un pequeño niño de una familia bogotana. Monina jamás pudo volver a participar en una exposición. Su crecimiento se vio estancado por el proceso reproductivo y nunca dio la talla adecuada para participar en categoría adultos. Tarzán habría podido pasar por un fino ejemplar salchicha con pelo alambrado, pero en cambio tuvo que acompañar un compulsivo humano a lo largo de su niñez. La justicia divina se encargó de que Tarzán fuera castrado desde el quincuagésimo de sus días para llevar a feliz término el espanto reproductivo que había permitido la fisiología animal.
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INTRODUCCIÓN AL SEGUNDO CUADERNO
CUADERNO SEGUNDO:
SOBRE LOS HÉROES TRAGICOMODERNOS Y LAS DESVENTAJAS
EVOLUTIVAS DE LA PERSONALIDAD
INTRODUCCIÓN AL SEGUNDO CUADERNO
La sicología cognitiva ha hecho pocos intentos para entender la manera como se forma la personalidad. En general se admite actualmente que la mente humana es comparable con un ordenador y se tienen pruebas contundentes sobre el carácter fisiológico de las emociones. Sin embargo, se le atribuye generalmente al azar (entendido como hechos fortuitos y no como un plan de vida universal) la formación de las diferencias de conducta que se presentan a nivel individual. En términos evolutivos es bastante contundente la aseveración de equivalencia entre la mente humana y la máquina de Turing (aunque claro, la espintrónica parece haberle dado un nuevo panorama a las posibilidades de una máquina). Una quinta parte de la energía producida por la digestión humana está destinada al funcionamiento cerebral. La inteligencia, como sistema de almacenamiento muy sofisticado de información (como lo han comprobado las nuevas tecnologías de data warehousing) es una comodidad que no ha sido necesaria para muchas especies, y que a los humanos nos causa una gran demanda energética. Si un occidental promedio consume a lo largo de su vida el equivalente a 120 pollos, 15 vacas, 32 cerdos y el equivalente a 43 animales diferentes, cada persona sacrifica 42 vidas en nombre de su inteligencia a lo largo de su existencia. En lo referente al consumo vegetal, se destina a la inteligencia humana la producción de aproximadamente 1000 hectáreas. Estas cifras, en promedio, claro. Hay quienes tienen que ser inteligentes con menos alimentos, y están los que a pesar de ser obesos, son tarados. Lo cierto es que probablemente después del desarrollo de mecanismos de regulación endotérmicos, la inteligencia es probablemente el bien de lujo más costoso en el ámbito evolutivo.
Si se tiene, además, que cada ser humano contiene información genética que permite estimar la edad de su muerte. De ésta manera se tiene un nuevo indicador para cada organismo en términos cronológicos. Una edad que no está dada por los años que lleva de vida un organismo sino por los que le quedan. Así, parte intrínseca de la información genética de cada individuo es la edad en la que morirá, se por cáncer, suicidio, infarto, paro respiratorio, y demás. Dada que la inteligencia es un bien lujoso, no se puede desperdiciar. Por paradójico que parezca, cada individuo no es más que un intento de maximizar el almacenamiento de información en su vida. La inteligencia debe ser vista desde una óptica amplia: actualmente se reconocen diferentes tipos de inteligencia, todos los cuales son igualmente valorados por las ciencias cognitivas. Corresponden a un proceso de almacenamiento de información equivalente, y es justamente el balance entre estos diferentes tipos de inteligencia lo que marca la personalidad. Luego la personalidad no es más que una manera de maximizar, a través de los diferentes tipos de inteligencia, el almacenamiento de información con relación a la edad que tiene el organismo por vivir.
Así es posible ver personas sistemáticas, ávidas de conocimiento que a causa de una fuerte depresión truncan su vida cuando apenas parece comenzar. Otras, amables y pausadas viven cada etapa a plenitud como si dispusieran de todo el tiempo del mundo, sin afanarse en absoluto por adelantarse a su edad. Quienes mueren sin haber entrado a su tercera edad son generalmente seres preocupados por no desperdiciar un instante.
Se da el caso, también, de personas que parecen tener organismos particularmente resistentes y se comportan como coyunturas del azar. Naturalmente el desorden crece en la sociedad, pero estas personas, a manera de glóbulos blancos del azar acaparan toda clase de eventos fortuitos para que no haya una distribución homogénea en toda la población y de esta manera la entropía no desarticule la organización social.
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10. EL AMOR PREADOLESCENTE
10. EL AMOR PREADOLESCENTE Y OTRAS DESPROPORCIONES FISIOLÓGICAS
A los 11 años se tiene poco control del cuerpo. Una desmesurada explosión de hormonas hace que el cuerpo cambie diariamente de proporciones, por lo que fácilmente se calculan equivocadamente las dimensiones y constantemente se golpean puertas, vasos, personas, computadores, y demás. En ese año, justamente, decidieron los profesores ingleses incorporar a la educación anglosajona un deporte tradicional de su isla natal, algo difícil de pronunciar: el rugby. La torpe decisión de incorporar semejante deporte tan brutal en un colegio tropical se potenciaba con nuestros torpes y voluntariosos cuerpos que estrellaban sin cesar, a tal punto que los multitudinarios y mixtos equipos se veían reducidos cada vez más. Niños y niñas salían del terreno de juego con rasguños, narices sangrando, mechones extraviados, gafas sin lentes, pantalones rotos, y todo tipo de lesiones suficientemente válidas para abandonar tal campo de batalla medieval. Parecía imposible avanzar entre tal tumulto de cuerpos sin conductor, cuando de entre las masas surgió un cuerpo prodigio en el deporte que esquivó fácilmente toda agresión: un diminuto y hermoso proyecto de mujer que mecía su cabellera tras una tenaz mirada similar a la de braveheart, logró anotar el primer gol.
Poco sabe una inocente criatura del amor. Evidentemente nada de romanticismo para haber divisado en tales circunstancias al primer amor, y mucho menos de estrategia como para pensar que ese mismo día debió averiguar el nombre de esa mujer. De hecho, mucho tiempo pensé que el rugby era mi nuevo deporte porque jamás había sentido tal emoción al jugar algún deporte similar. Seguramente había tenido una desmesurada explosión hormonal en el preciso momento que ella anotó el gol. En este momento agradezco que haya sido justamente una mujer (una linda, además) quien captó mi atención en ese crucial instante bioquímico del organismo. Otra podría haber sido mi historia (como seguramente fue el caso de, por ejemplo, Arthur Rimbaud o Lars Von Trier) si en ese momento al profesor le hubiera dado por entrar al partido a jugar, o si accidentalmente la bola me hubiera llegado a mí y hubiera tenido que soportar la inmensa humanidad de la mujer más fea de mi curso. Afortunadamente no fue así. Días después me di cuenta que estaba enamorado, con el único inconveniente de no saber de quién.
Una tímida pesquisa con mis compañeros de pupitre me dejó ver lo duro de la empresa: pocas personas recordaban, como yo, las personas que habían anotado en aquel romántico encuentro de rugby. Claramente no era un deporte que les hubiera llegado al fondo del corazón, al punto que lesionados y héroes de la jornada habían olvidado a los pocos días el encuentro deportivo por completo. Sabía que era de mi curso, pero era de otro salón. En esa época, un mundo diferente. Un universo diferente. Pertenecía, al igual que un hada, a otra realidad, porque en ese momento el salón, y todos sus elementos, son todo lo real. Hay una línea difusa entre la realidad y lo demás, pero claramente no lo suficiente como para que ella entrara en mi realidad. Había una dificultad adicional: dado ese principio de realidad, no es muy clara la diferencia entre lo que yo pienso y lo que la gente sabe, por lo que pensaba que todas las personas del planeta (o sea, de mi salón) estaban al corriente de mi situación. Sin tener mucho que hacer decidí recluirme en un disimulo absoluto cuando alguien hacía encuestas sobre los amores del salón (porque naturalmente, todos estaban en una situación por lo menos similar).
La preocupación, de repente, sufrió una transformación: ¿Reconocería yo a aquella mujer que anotó ese día en el partido de rugby? Peor aún, ¿era realmente del colegio? Podía perfectamente haberse equivocado ese día de bus, o podía simplemente ser amiga de alguien de otro curso. Podía ser una extranjera que había venido sólo por un día a Colombia y que jamás volvería a ver. De hecho, ¿la había visto realmente? Era claro que podía simplemente haberla imaginado. No, no era posible. ¿O sí?
Un día, caminando hacia el bus no tuve más remedio que confesar:
- Kike, estoy tragado.
- ¿Qué?
- Que estoy tragado.
- Ah, le entendí, “estoy cagado”.- aclaró él, sin darse cuenta que para mí resultaba ser prácticamente igual- ¿De quién?
- No sé,-continué, no sin sentirme algo estúpido- creo que se llama Camila.
- Y, ¿esa cuál es?- preguntó él, que naturalmente tenía menos idea de los nombres de otros salones pues estaba repitiendo curso.
- ¿Se acuerda del que Dumpa le rompió la nariz jugando paredón? Del curso de él.
- Sí, creo que sí. ¿Tomás?
- Ese.
- Ah, sí. Pero no sé cuál es Camila. Bueno, ya se va mi bus. Acuérdese de traer mañana el balón para jugar fútbol en recreo.
- Fresco, yo lo traigo- Concluyó mi confesión. Sin embargo, una cosa era clara: ella ya pertenecía a mi realidad. Al día siguiente mis compañeros de curso me iban a molestar diciéndome que estaba enamorado. ¿Por qué había hecho semejante idiotez? No lo podía creer. Ahora Kike le iba a contar a Coy, y uno no quiere que Coy se entere de esas cosas. Él parece ser muy desenvuelto con eso. Constantemente nos escapábamos del salón para ir con él a darle cartas a Beatriz en las que le pedía que fueran novios, y ahora, seguramente él iba a querer que yo hiciera lo mismo.
Al día siguiente, para mi fortuna, no sucedió nada. Al siguiente, tampoco, y pasaron así los días hasta que pude dejar de preocuparme porque alguno hiciera algo imprudente delante de ella. Parecía que a Kike se le había olvidado todo, y que jamás iba yo a tener que dar explicaciones de por qué me sonrojaba cuando veía una persona del curso de Mister Ian, o por qué mis historias se detenían súbitamente al caminar frente a las ventanas del curso de Tomás. Sí, parecía que iba a poder mantener en secreto esa repentina idiotez que se apoderaba de mí sin saber muy bien por qué. No tuve ningún problema hasta que, en el hall para reuniones de toda primaria, durante un concurso llamado declamación y canto llamaron por la casa Hood una pequeña mujer a recitar. Era ella, la misma del rugby salía ahora a presentar un poema llamado Mi arbolito de papel, escrito por ella misma. Aquella jugadora del deporte aún más troglodita que el fútbol americano, escribía también. Ella salió y yo no supe para dónde mirar. Había más de 500 personas en el recinto, y de alguna manera yo sentía que todos se darían cuenta si yo la miraba. Para mi fortuna, el siempre oportuno Nicolás me sacó de cualquier duda:
- Ponga atención, chino.
Y con eso, sentenció mi muerte. Ahora yo pertenecía a una realidad completamente diferente. ¿Era posible que Kike le hubiera contado sólo a él? Un repentino alivio me llenó. Mire a mis compañeros con una sonrisa plena de satisfacción, porque ellos no sabían que a mi me gustaba la mujer que declamaba, frente a todos, ese poema de su propia invención. Algunos se percataron de mi detallada y feliz manera de observar.
- Y, ¿por qué tan feliz? ¿Nunca la había visto declamar?- preguntó alguno con ironía mientras todos reían. Era evidente. Todos lo sabían. ¿Qué iba a hacer? Peor que eso, ¿qué podía hacer? Realmente, nada. No había nada que pudiera hacer. Todos sabían, y ahora ella, también se iba a enterar. Seguramente ya sabía. Seguramente estaba totalmente enterada. Era terrible. A partir de ese momento, la empecé a ver en todos lados. En cambio de salones, en recreo, en el almuerzo (aunque ya sabía en qué mesa se sentaba y hacía todo lo posible por evitarla). Un día, inclusive, nos tocó aprender uno de los juegos típicos ingleses que los profesores se empeñaban en introducir: Rounders. Una especie de béisbol en el que todo el equipo que intenta batear hace fila para esperar su turno. Mientras yo esperaba pacientemente mi turno ella hablaba con Angela Rueda, de mi salón. Después de mucho esperar finalmente era mi turno para batear. De repente, ella se paró de su puesto y se empezó a acercar.
- No puede venir para acá,- pensaba yo- ¿por qué iba a venir? Probablemente se le cayó algo en éste sector. Sí, eso es. Pero, ¿por qué sigue acercándose? No, no puede ser. ¡Qué mujer más loca! Se va a sentar a mi lado...tengo que decir algo...
- Oiga, no se cole. Haga fila- fueron las palabras que salieron de mi boca. Ella no podía creer lo que le acababa de decir. Yo, menos aún. ¡Malditos juegos de los ingleses! ¿Por qué todo lo hacen así? Manejan por el otro lado, cambian las reglas del béisbol, del fútbol americano, y después me enteraría que utilizan medidas diferentes a las del resto del planeta. Naturalmente, me alejé de cuanto deporte inglés pudiera, eso sí, con la satisfacción de haber sobrevivido, no sin sufrir, a mi primer amor.
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9. LA SALUD DE LOS EXNOVIOS
ACTO I
En la oficina de Tomás. Suena el teléfono y él contesta. Se oye la voz del otro
lado, de Alejandro.
Alejandro: Se cuadró.
Tomás: ¿Quién?
Alejandro: Mi exnovia.
Tomás: ¿Cuál?
Alejandro: ¿Cómo que cuál? Pues Juliana.
Tomás: ¿Cómo así?
Alejandro: Así nomás. Se consiguió otro.
Tomás: Pero, ¿hace cuánto terminaron?
Alejandro: No sé, como seis meses.
Tomás hace una pausa. Trabajaba en el computador mientras hablaba por teléfono, pero deja a un lado todo para concentrarse en la conversación.
Tomás: Güevón, en seis meses ya debe ir por el quinto.
Alejandro: Pues quién sabe, pero yo no me había enterado. De éste, sí.
Tomás: Bueno, pero ¿qué le preocupa? ¿Quiere volver con ella?
Alejandro: Legalmente no puedo. Acuérdese que el hermano me puso una querella policiva y no me le puedo acercar. Además, probablemente nos habríamos matado de no haber terminado.
Tomás: Pero entonces, ¿qué quiere?
Alejandro: No sé. Quiero que no esté con nadie. Que sea feliz, sí, pero que esté sola. ¿Por qué tienen que volver a cuadrarse las exnovias?
Tomás: Güevón, su siquiatra es un incompetente. ¿No le ha dicho que esta totalmente chiflado? Deje de botar la plata con ese tipo e váyase a una clínica, de interno.
Alejandro: ¡Cállese! Se me acaba de ocurrir una idea buenísima.
Tomás: Me imagino.
Alejandro: ¡Cállese! ¿Usted me puede averiguar quién es el tipo?
Tomás: Sí, pero no le veo el punto.
Alejandro: Fácil. Si ya no puedo hacer que ella no se meta en relaciones con tipos, puedo hacer que los tipos no se metan con ella.
Tomás: Debería conseguirse una vieja usted más bien.
Alejandro: Sí, claro. Con lo fácil que es eso. No me joda mano, la mía es la mejor solución y punto.
Tomás: Pues es la que depende de menos gente, claramente. Pero, ¿cómo pretende hacer para que ese tipo le termine?
Alejandro: Fácil. Le damos en la jeta.
Tomás: Yo lo acompaño a donde quiera, pero no me voy a hacer pegar por su locura. Si quiere le hago barra, pero no más.
Alejandro: Bueno, no necesito más. Consiga en nombre. No, es más, ¿sabe qué? El tipo debe vivir con ella porque los papás están de viaje. Vamos y los esperamos a que salgan.
Tomás: Insisto que debía ir donde un siquiatra competente.
Alejandro: Ya paso por usted.
Tomás: Lo espero. Traiga curitas por si le dan a usted.
Alejandro: Y para usted si no deja de decir bobadas.
ACTO II
Frente a la casa de Juliana, entre los arbustos. Alejandro tiene una rama de
árbol en la mano.
Tomás: Sáquele punta al palo. Si ya va a hacer algo troglodita, pues mejor hacerlo bien.
Alejandro: Eso pensé, pero me acordé de las jabalinas romanas que se les rompía la punta para que no se las pudieran lanzar a las legiones imperiales.
Tomás: Buen punto. ¿Qué tal que no lleguen?
Alejandro: Pues no sé. Mejor que lleguen porque si no le toca venir mañana.
Tomás: Pues sí, semejante espectáculo definitivamente no me lo voy a perder.
Alejandro: ¡Claro! El circo. El espectáculo. Pero ya lo veré yo pidiéndome que le ayude a reventar al próximo tipo de Carolina.
Tomás: Obvio, con un palo.
Alejandro: Sí, y allá si vamos con una punta no reutilizable.
Salen de la casa Juliana y un hombre alto y fornido. Van de la mano, y se despiden con un emotivo beso. Juliana sube a un carro y se va, y el hombre camina hacia la calle.
Tomás: ¡Hágale! Qué papayaso...
Alejandro: ¡El tipo es un gorila!
Tomás: Bueno, por lo menos ya sabemos por qué lo cambiaron.
Alejandro: ¡Jueputa! Ese tipo es más grande que Darío.
Tomás: ¿Cuál Darío?
Alejandro: El profesor de educación física del colegio. ¿Qué hacemos?
Tomás: Pues mis planes no han cambiado mucho, pero a usted le va a tocar cambiar los suyos porque el tipo viene para acá.
Alejandro: ¡Puta! ¡Puta! ¡Puta! ¡Puta!
Hombre fornido: ¿Están bien?
Alejandro: Sí, no se preocupe. Nos caímos de ese árbol, pero estamos bien.
Tomás: Sí, del árbol. Es que él estudiaba micos. ¿Eran Gorilas?
Alejandro: No, más pequeñitos.
Hombre fornido: ¿Seguros que están bien? Yo vivo acá y no tengo afán. Si quieren entramos y se lavan las heridas.
Alejandro: No, fresco. No se preocupe.
Hombre fornido: ¿Seguros que no quieren nada?
Alejandro: Pues, ¿tiene un cigarrillo?
Hombre fornido: Creo que sí.
Saca un cigarrillo y se lo entrega a Alejandro.
Alejandro: No, gracias, no es para mí. Es para él.
Tomás: ¿Ah, sí?
Hombre fornido: No entiendo.
Tomás: Sí, gracias, era para mí. Se me había olvidado.
Alejandro: No debería fumar. Es malo para la salud.
Hombre fornido: Yo no fumo. Son de mi novia.
Alejandro: ¡¿Qué?!
Hombre fornido: N-O-V-I-A
Alejandro: ¿Fuma?
Hombre fornido: Sí. No es tan sorprendente.
Alejandro: No, en realidad no.
Tomás: Y, ¿para dónde iba?
Hombre fornido: Tengo que hacer mi tesis. Estoy haciendo doble programa de filosofía y matemáticas, y con opción en historia. Iba a la droguería a comprar algo y mi novia viene por mí. Si quieren los podemos acercar a algún lado.
Tomás: Pues yo vivo en la 86 con 11...
Alejandro: No, gracias. Mejor caminamos.
Tomás: Sí, mejor caminamos. No había caído en cuenta.
Hombre fornido: Bueno, como prefieran. En serio no es ninguna molestia.
Alejandro: No se preocupe. De verdad preferimos caminar.
Tomás: Hasta luego. Mucho gusto. Tomás Rodríguez, por si acaso. También
estudié matemáticas. Nos vemos.
Hombre fornido: Adiós.
ACTO III
En el cuarto de Alejandro.
Siquiatra Imaginario: ¿Por qué le pediste un cigarrillo?
Alejandro: Me acordé de una película que se llama El último Boy Scout, pero no fui capaz de pegarle.
Siquiatra Imaginario: ¿Realmente le querías pegar?
Alejandro: Definitivamente sí.
Siquiatra Imaginario: Alejandro, las relaciones tienen valor por lo que fueron, no por lo que son. El que ella tenga a alguien no significa que no tenga validez lo que vivió contigo. No debes pensar que eres dueño de la gente y debes dejarla
hacer su vida normalmente y tú seguir con la tuya.
Alejandro: Yo sé. Todo eso yo lo sé. Sé que no debo ser egoísta. Entiendo que es normal que después de tanto tiempo ella salga con alguien. Pero eso es una cosa, y otra cosa es lo que siento. Y me dan ganas de pegarle al tipo ese. Me
dan ganas de que ella nunca más estuviera con alguien. Que sea feliz, sí, pero no con alguien. ¿No hay una pepa que le quite a uno este malestar?
Siquiatra Imaginario: Hay un remedio que fue desarrollado por los nómadas mongoles a principios del siglo XVII. A pesar de que no encontrarías los elementos necesarios para prepararlo, es fácil producir una sustancia similar. Debes cocinar una taza de wiskey con medio tubo de crema dental y con media taza de jugo de guanábana. Debes tomarlo una vez al día en ayunas. También debes dejarte caer de frente sobre la cabeza tres veces al día. Esto hará que liberes catecolaminas, y el potaje hará que se inhiban los catalizadores de la digestión. Es bastante efectivo. En dos semanas notarás el cambio radical, con uno que otro efecto secundario.
FIN
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5. BRAHMATOPIA DEL AMOR
5. BRAHMATOPIA DEL AMOR: SOBRE LA EXISTENCIA DE AMORES QUE JAMÁS DEBIERON SER, Y OTROS QUE A PESAR DE TODO, SON
Desafortunadas coincidencias en el tiempo y el espacio
(Texto para ser leído bajo la influencia del alcohol)
Uno de los conceptos más sobre valorados en los últimos años es definitivamente el de alma gemela. Se discute bastante sobre la existencia de una persona que haya nacido solamente para compartir la vida con uno. Este supuesto, a pesar de resultar bastante seductor, comprende un error garrafal, probablemente a cuenta de que siempre se hacen este tipo de consideraciones cuando las personas están bajo la influencia del alcohol: si existe en el universo una persona cuyo único propósito en la vida (su razón de ser) es sencillamente acompañarme, naturalmente sería necesaria algún tipo de reciprocidad en ésta relación y que fuera yo, a su vez, la persona destinada únicamente a compartir todo con ella.
Claro, ante semejante argumento, el romanticismo se hace a un lado y le deja vía libre a la autoestima. Es probable que sea por éste motivo que siempre que se hace alusión al alma gemela debe ser bajo los efectos del alcohol. El estado perfecto para dejar a un lado cualquier tipo de concepción del Yo. Si se baila sobre mesas, se dicen estupideces, y constantemente se hacen estupideces bajo éste psicotrópico, es porque necesariamente disminuye nuestra capacidad de pensar que somos un ser social que interactúa con otros ejemplares de su especie.
Es precisamente al darle una mirada ecológica a la cuestión que se puede dilucidar bastante fácil la noción de alma gemela. De todos los organismos vivientes que hay en el planeta, resulta algo descabellado asumir que somos sólo seis mil millones de afortunados los que gozamos el placer de contar con un alma. Pero bueno, si ya estamos asumiendo que hay una persona en el universo que nació con el único objetivo de hacernos felices (sin pensar que necesariamente nuestra misión es hacer feliz a alguien), pues no resulta del todo ilógico pensar que el alma gemela que nació para nosotros sea también de nuestra especie. A pesar de que ciertos sectores de la sociedad, como los zoofílicos y uno que otro ambientalista, estaría en desacuerdo con semejante suposición, en aras de no tener una infinidad de canciones del estilo de Everybody _s got something to hide except for me and my monkey vamos a asumir que toda persona tiene un alma gemela la tiene en su misma especie. Ahora bien, antes de continuar es necesario hacer otra suposición fundamental. Si existe un alma gemela para mí, dentro de la humanidad, resultaría bastante desafortunado e improductivo para la naturaleza de ésta conversación el que las dos almas en cuestión habiten periodos de la historia diferentes. En ese caso llegaría a ser preferible que el alma gemela de uno fuera un perro, una lagartija, o inclusive un árbol antes que una persona como Cleopatra, Marie Curie o la tercera hija de Genghis Khan. En caso de que fuera un noble Hurapán, uno podría visitar periódicamente el alma gemela. Es más, podría treparse encima y colgar un columpio. Podría cuidar su cuerpo de las pestes que puedan atacarlo. Si fuera una lagartija se le podrían buscar moscas para alimentarla. Se tendría, naturalmente, la mala fortuna de relaciones entre seres con periodos de vida bastante inadecuados: una tortuga de galápagos tendría serias dificultades para conocer un pino canadiense, y pocos días tendría alguien para conocer su alma gemela en caso de que sea un sea una mosca. Es más, se podría dar el desafortunado caso que un ser se comiera su alma gemela (en una clara parodia del destino) siguiendo lo que dicta la cadena alimenticia.
Pero claro, todo esto resultaría más conveniente que identificarse plenamente con un cazador neandertal, o con un Samurai que siglos atrás se clavó la espada tras la muerte de su maestro. Es más, ¿cómo se entera uno si su alma gemela fue una esclava romana, o si saltó por un precipicio bajo la influencia de la marihuana tras la llegada de un visitante al pueblo? De los 4 500 millones de años que se dice tiene el Universo, resultaría toda una casualidad que dos almas gemelas en la historia estuvieran separadas por algo menos de 40 años. Dada la situación de que esto se diera, no me cabe la menor duda de que el Destino se burlaría nuevamente, y mi alma gemela seguramente sería la madre de un amigo (o la abuela, para ser más irreverente). Claro, este análisis supondría la posibilidad de que mi alma gemela fuera desde la sopa de DNA con la cual empezó la vida, hasta una persona que aún no ha llegado a nacer. Desde luego, existe evidencia para pensar que una concepción de ésta naturaleza es verdad, ya que hay personas que claramente les corresponde por alma gemela una amiba, un virus, o algún ser de la flora intestinal.
Para los románticos que deseen continuar, a pesar de las ridículas suposiciones que se hacen desde tiempos de Platón, es necesaria otra consideración: si en el mundo somos un número no divisible por dos, significaría esto que existen varias almas en pena vagando por el mundo, de las cuales el destino se burla igualmente al no concederles la existencia de un alma gemela. Luego no es suficiente suponer que el alma gemela de todos habita en el mismo tiempo y es de la misma especie. Sería necesario suponer que existe cuando menos una persona con alma gemela repetida, o una persona cuya alma gemela es sí misma. El problema, que para cualquier economista sería marginal, es un poco más serio que eso, y no puede ser entendido como una simple justificación para la autoestimulación tradicionalmente condenada por la Iglesia. Existe evidencia en las dinámicas poblacionales, que sugiere la existencia de más mujeres en el mundo que hombres. Esto, lejos de ser una justificación para la homosexualidad, es toda una contrariedad. Si el destino antes se burlaba sutilmente de la humanidad, ahora lo hace a carcajadas. ¿Mientras la fuerza superior se desternilla de la risa, a mí me dicen que mi alma gemela puede no ser una mujer? Si es en aras de conservar el romanticismo, me parece bastante más seductora la idea de intercambiar favores sexuales con un mandril, arbusto o vegetal antes de pensar en la posibilidad de cualquier hombre que se me cruce por enfrente (siendo en el día, los primeros el portero y el chofer del transporte público para ir al trabajo) como mi compañero vitalicio.
Después de todo esto, ¿qué se puede pensar sobre las relaciones humanas? A pesar de lo que sostenga cualquier romántico irracional, que es tan probable construir una relación ideal con un árbol o un marsupial como con un ser humano. Es más, dada la probabilidad- y mi experiencia personal- diría que es bastante más factible encontrar el alma gemela detrás de cualquier otro ser diferente de un igual. Dada la hipotética situación que uno lograra encontrar un ser humano que fuera su alma gemela, se incurriría casi en incesto al acercarse con el objetivo de entablar una relación conyugal. Es más, a mí personalmente me parecería aburridísimo encontrar una persona que pensara exactamente igual que yo. Si se dieran todas las condiciones y fuera una hembra, de nuestra era, de nuestra especie, y de una edad relativamente similar, me resultaría realmente tedioso no tener de qué hablar a cuenta de que ella piensa todo igual que yo. Sea esta una oportunidad para decirle a todas las personas que no han logrado encontrar su otra mitad, ¡tranquilos, solo siéntense a esperar!
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1. ENTREVISTA CON EL NARRADOR OMNISCIENTE
CUADERNO PRIMERO:
CUADERNO DEL AMOR Y OTRAS TÉCNICAS ARCAICAS DE SOCIALIZACIÓN
1. ENTREVISTA CON EL NARRADOR OMNISCIENTE
Precisiones sobre el texto Fablistanónes del amor
El controversial texto sobre las relaciones humanas suscitó toda clase de críticas y comentarios no sólo entre los entendidos de la literatura, sino también entre todos los lectores que tuvieron a bien leer el libro. Hablamos con el narrador de la historia y esto fue lo que nos respondió:
Periodista:
Una de las grandes críticas que se le hace al texto es la inconsecuencia a lo largo de la historia. ¿Puede pensarse realmente que es un texto infantil, como lo llamaron algunos críticos?
Narrador:
En primer lugar creo que existe un error gramatical en el término. Si algo es infantil en el texto, pueden ser los personajes, yo mismo, o el escritor. No creo que puedan referirse a que el texto deba ser considerado literatura infantil por su alto contenido sexual, aunque con las mentes pusilánimes de los críticos, sabrá Dios qué ideas tienen de pedagogía infantil. Sobre las inconsecuencias que hay en el texto son precisamente parte de la historia. Yo como narrador me restringí únicamente a contar tanto los acontecimientos como lo que pasaba por la cabeza de los personajes. Eso es, en mí opinión, lo que un narrador omnisciente debe hacer o de lo contrario cae, como la irlandesa que trabaja con Milan Kundera, en el problema de la observación participante.
Periodista:
¿Observación participante?
Narrador:
Sí. Realmente es una metodología válida para las ciencias sociales, pero en la literatura creo que es más un error de principiantes que un verdadero efecto de intención artística. Responde a lo que yo llamo el Principio de Incertidumbre Teológica: cuanto más se precise sobre Dios, más difícil es suponer que existe. De la misma manera un narrador omnisciente debe ser algo como un árbitro de fútbol. Entre menos influya en la historia, mejor. Es muy fácil para un narrador pasar de la omnipotencia a la prepotencia. El tema que trata la historia en particular resulta bastante ilustrativo en éste sentido. ¿Cómo carajos va uno a contar consecuentemente una historia sobre algo que es absolutamente inconsecuente?
Periodista:
O sea que para usted el amor es inconsecuente...
Narrador:
El amor puede ser entendido como lo que Ilya Prigogine llama estructuras disipativas. El que exista a lo largo del tiempo no necesariamente implica que sea el mismo. De hecho, una característica fundamental de estas estructuras es que sean dinámicas: cuanto más cerca está una estructura del equilibrio, más lo está de su propia muerte. Una estructura en equilibrio es una estructura muerta. De la misma forma el amor que siente una persona en un punto de su vida por otra es el mismo amor que sintió antes, pero diferente.
Periodista:
¿El mismo, pero diferente?
Narrador:
Sí. No se acaba y vuelve a comenzar, sino que varía.
Periodista:
Luego, ¿cambian los sentimientos de los personajes?
Narrador:
Los sentimientos como tal, no. Por lo menos no en todos los casos. Cada sentimiento es sincero en cada uno de los momentos que se encuentran los personajes. El texto no trata sobre los sentimientos sino sobre las relaciones. Por ejemplo, hay un instante en el que uno de los personajes se encuentra con una mujer que le despierta gran interés y desea ser un perro para que los seres de los que se enamore tengan cola y así no sea necesario interpretar lo que dicen, sino solamente ver si mueven el trasero o no. Más tarde, ya con una relación conyugal establecida, no es necesario que hablen para comunicarse: saben perfectamente cómo enfadar al otro...qué papel botar al suelo o en qué tono de voz hablar para sacar de quicio a su compañero. Es el mismo sentimiento, pero diferente.
Periodista:
¿Y los personajes que dejan de querer?
Narrador:
Una cosa en la historia son las relaciones y otra muy diferente el amor, y a pesar de que no se puede negar que están relacionados, no existe en estas historias ningún tipo de interdependencia ni de correlación. Realmente llamamos amor a un intervalo de las sensaciones que hay al ver otra persona. Esto es muy diferente a lo que son las actitudes, y por supuesto más aún de lo que es una relación. En el texto hay precisamente una pareja que tiene relaciones más que decorosas todo el tiempo, y cuyas sensaciones no podrían ser más distantes del amor.
Periodista:
Dijo hace un rato que no en todos los casos cambiaban los sentimientos. ¿En qué casos sí cambian?
Narrador:
La mujer esquizofrénica que es finalmente encarcelada por perseguir un diplomático es un caso aparte. En ella la noción de sensación es absolutamente diferente al de las personas normales, y por eso es que se enamora cada semana de una persona diferente.
Periodista:
¿Qué hay del personaje limítrofe? ¿También él tiene nociones diferentes de las sensaciones?
Narrador:
No. Creo que el paradigma de anormalidad de los limítrofes lo rompió la cinta Forrest Gump –bastante estúpida, valga la redundancia-, y contrario a lo que se ha dicho, no es la prueba de que para el amor no es necesario ser inteligente.
Periodista:
Entonces, ¿qué prueba con respecto al amor éste personaje?
Narrador:
Absolutamente nada. Es parte de la historia como son de la vida real las personas como él. Al igual que los demás personajes, actúa impulsivamente en ocasiones y en otras no, y está igualmente frustrado por el amor que no ha podido concretar que los demás personajes de la historia.
Periodista:
¿Todos tienen amor sin concretar?
Narrador:
Sí. El amor para todos los personajes, sin excepción, es un karma. En alguna medida todos viven decepcionados o frustrados por sus sentimientos. Las satisfacciones son esporádicas e inútiles, y paradójicamente es lo que los personajes sienten que le da sentido a sus vidas.
Periodista:
Pero, ¿es entonces el texto una pesimista aproximación al amor?
Narrador:
Definitivamente no. El amor, como la mayoría de nosotros lo entendemos, es absolutamente necesario para la sociedad. Es lo que hace que funcione nuestra sociedad, así lo haga de una manera particular. Las democracias, dictaduras, y otras formas de organización estatal no son más que meros intentos reduccionistas para controlar la naturaleza humana, pero en el fondo, todo es igual: todas las culturas tienen sus ladrones, matones, bonachones, ignorantes, ingenuos, sumisos, etc. Pero lo que realmente hace mover al mundo como lo entendemos es un ridículo impulso que convenimos llamar amor: el mujeriego de Bolívar dedica sus triunfos a su prima y además exnovia Fanny en el lecho de su muerte, aunque claro, si esta hubiera llegado unos minutos más tarde quién sabe a cuántas más le habría dedicado su heroica existencia. Napoleón dice a Josefina no poder pensar en otra cosa más que en ella al recorrer el campamento, y le dice además que su único afán es avanzar para verla pronto a ella. Hitler seguramente tenía el pipí chiquito, y Poncio Pilatos debía ser un eyaculador precoz. Cleopatra conquisto –no precisamente por su buen Latín- a cuanto general se le atravesó, y Alejandro Magno –maricón- prefirió seguir buscando la gloria junto a sus simpáticos eunucos orientales a regresar y formar hogar, y si cree que eso son cuentos de la historia, ni le cuento lo que hace Clinton antes de fumar. Aunque no lo queramos, el destino del mundo está en manos de frenéticos impulsados por el amor. Los hombres piensan con el pipí, y historia se forja a punta de orgasmos.
Periodista:
O sea que para usted, ¿sexo y amor van de la mano?
Narrador:
Definitivamente sí. Sólo en Hollywood es posible hacer una romántica comedia sobre el amor sin un buen polvo. El amor es justamente el principal factor de sostenibilidad ecológicamente hablando de la sociedad. Incluso en ésta época en la que nadie quiere procrear los escurridizos espermatozoides sorprenden a más de uno con su agilidad. El sexo es justamente una de las razones por las cuales el escritor optó por un narrador omnisciente, pues sólo así podría expresar la simultaneidad de pensamientos diferentes en el sexo. En un principio yo iba a ser un personaje de la historia para narrarla en primera persona junto con la enfermera y el anciano pederasta, pero finalmente el autor optó por aislarme de la historia para expresar fácilmente la relatividad en las interpretaciones de una misma situación.
Periodista:
Hablemos sobre la enfermera. ¿Tiene algún significado especial para usted?
Narrador:
Todos los personajes tienen algo particular. No es posible hacer una generalización sin tener que hacer alguna excepción. Ella se diferencia de los demás porque en primer lugar es el único personaje natural que hay en el texto. Los demás eran bastante experimentados y muy profesionales. Uno había participado en el guión de una película de Woody Allen, y otro es un reconocido héroe indonés en una serie de libros locales. La enfermera en principio iba a ser un extra, por lo cual no vimos ningún inconveniente en trabajar con una persona sin experiencia. Empezó paulatinamente a cobrar importancia en el texto ya que con cada visita que hacía a alguno de los personajes éste parecía aliviar sus malestares sentimentales. Yo la entiendo como un personaje radicalmente diferente a cualquier otro en la historia ya que es la única que trata de manera indiferente a todos los personajes; su actitud no cambia, y a pesar de que despierta toda clase de sentimientos en todos los participantes de la historia, se mantiene como extranjera. Diría que es precisamente ella quien define, por contraste, las características de la historia ya que no es un fablistanón.
Periodista:
Para terminar, ¿se divirtió haciendo éste trabajo?
Narrador:
Creo que es uno de los textos más fidedignos sobre las relaciones humanas. La controversia que despertó justamente refleja lo bien plasmadas que fueron las diferentes actitudes humanas en torno a las relaciones sentimentales. Si tocó fibras, es porque es de buena calidad. Si bien es cierto que prefiero trabajar en comedias, el equipo tan profesional que se juntó para éste proyecto hizo que fuera todo un honor ser parte de él. El trabajo ya está hecho...ahora hay que dejar que hable por sí mismo.
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